lunes, 15 de octubre de 2012

Crítica 'Werther': Resbalón



Oviedo. Teatro Campoamor. LXV Temporada de Ópera de Oviedo.
11.IX.2012.

JOSÉ BROS, NANCY FABIOLA HERRERA, ELENA DE LA MERCED. ORQUESTA SINFÓNICA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS. YVES ABEL, Director.

Jules Massenet: Werther.
  
Aforo: 1.440 Asistencia: 100%


Reseña BSO: Frankenweenie (Danny Elfman)



Colaboración semanal con El Cine de Lo Que Yo Te Diga. Reseña de la música de Danny Elfman para Frankenweenie (Tim Burton, 2012)









sábado, 13 de octubre de 2012

Lucia celebra sus bodas de plata en el Campoamor




Una vez más la Ópera de Oviedo recupera un título de producción propia para hacer frente a la crisis. Desde hoy podremos ver la ‘Lucia di Lammermoor’ ideada por Emilio Sagi, su director de escena, que ya se pudo ver hace cinco años. Una apuesta sobre seguro por la calidad musical de una partitura de sobra conocida por el público ovetense, que la ha convertido en una de sus favoritas. Cuatro funciones de abono (los días 13, 15 18 y 20 de octubre) y una más con un segundo reparto a precios reducidos (19 de octubre) que harán llegar a la ópera de Donizetti a la cifra de las 25 representaciones desde su debut en 1948. Dalibor Jenis, Mariola Cantarero y Arturo Chacón-Cruz en el cast principal, y Javier Galán, Sabina Puértolas y Albert Casals en el segundo, bajo la dirección de Marzio Conti, titular de la Oviedo Filarmonía, serán los responsables de dar vida una vez más a la historia de la novia de Lammermoor.

©carlospictures- Ópera de Oviedo
Desde su estreno en  1835 esta ópera se ha convertido en un auténtico reto para las sopranos. Especialmente por su famosa aria de la locura, una extensa escena donde las habilidades canoras de Lucia se llevan a límites insospechados para la época. Y es quizás por este archiconocido (y temido) fragmento, que durante mucho tiempo este título fue considerado como un mero fuego de artificio, un desafío vocal sin trascendencia, con indudable calidad musical, pero falto de interés en la trama. Con las interpretaciones de Maria Callas y Joan Sutherland a mediados del siglo XX la ópera comenzó a adquirir un empaque mayor. La protagonista ya no es sólo una máquina de cantar, sino un complejo personaje con un fuerte bagaje psicológico que es capaz de matar a su marido en la noche de bodas, una mujer oprimida por una sociedad donde las luchas de familias en la Escocia del siglo XVI la empujan hacia un callejón sin salida.

©carlospictures- Ópera de Oviedo
Su libretista, Salvatore Cammarano, se basó para su texto en la novela de Sir Walter Scott ‘The Bride of Lammermoor’, asentándose desde un principio como referente de la ópera italiana romántica. En ella se suceden matrimonios forzados, amantes clandestinos, familias rivales y, sobre todo, exaltación de los sentimientos y triunfo del amor más allá de la muerte. Si a esta receta se le añaden los parajes escoceses de oscuros castillos, las escenas nocturnas a la luz de la luna y un nada disimulado gusto por lo tétrico y excesivo, estamos ante una fórmula que lleva más de siglo y medio funcionando a lo largo del mundo.

Musicalmente fue una oportunidad bien aprovechada de Gaetano Donizetti. Con Rossini retirado y Bellini fallecido poco después del estreno de ‘Lucia’, el compositor de Bérgamo se elevó como gran exponente del bel canto italiano, gracias a la inspiración de esta partitura. No sólo a través de los números solistas, también pasajes como el sexteto, donde los protagonistas unen fuerzas para presentar cada uno sus sentimientos en una perfecta sinergia de voces. También el coro tiene un alto grado de implicación en la obra, con páginas que han trascendido más allá de la propia ópera para convertirse en piezas de concierto, como el coro de los invitados de boda.

Para Adolfo Domingo, responsable de dramaturgia de la Ópera de Oviedo, “Lucia di Lammermoor junto con ‘Norma’ de Bellini y ‘El barbero de Sevilla’ de Rossini se cuentan entre las primeras óperas en alcanzar un estatus de obras clásicas permanentes, semejante al del Mesías de Händel o las sinfonías de Beethoven”. Escénicamente estamos ante puro Sagi. Las señas de identidad de este director de escena asturiano son inconfundibles en esta ópera. Los blancos y negros, el rojo pasional, el juego de las luces diseñado por Eduardo Bravo… todo confluye para hacer de esta producción un éxito que la ha llevado por España e Hispanoamérica, y que próximamente viajará a Estados Unidos.

©carlospictures- Ópera de Oviedo
El rol principal estará interpretado por Mariola Cantarero en las funciones de abono y Sabina Puértolas en el segundo cast. Ambas voces experimentadas que han cosechado aplausos asturianos tanto en la ópera (a Cantarero la hemos podido ver la temporada pasada en ‘El Murciélago’ y a Puértolas hace dos en ‘La coronación de Poppea’) como en la zarzuela. Más expectación provoca el debut en Oviedo del tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz en el papel del desgraciado amante de Lucia, Edgardo.

Una reposición, en definitiva, que muestra alicientes para no ser una repetición, y que, si todo va como se supone, no debería tener problemas para arrancar los aplausos del Campoamor.




FICHA

Lucia di Lammermoor
Música de Gaetano Donizetti (Bérgamo, 1797-1848)

Libreto de Salvatore Cammarano, basado en la novela The Bride of Lammermoor de Sir Walter Scott.

Ópera en tres actos.

Estrenada en el Teatro San Carlo de Nápoles, el 26 de septiembre de 1835.

Producción de la Ópera de Oviedo.

PERSONAJES E INTÉRPRETES
Lord Enrico Ashton: Dalibor Jenis / Juan Jesús Rodríguez (18/10/2012) / Javier Galán (19/10/2012)
Miss Lucia: Mariola Cantarero / Sabina Puértolas (19/10/2012)
Sir Edgardo di Ravenswood: Arturo Chacón-Cruz / Albert Casals (19/10/2012)
Lord Arturo Bucklaw: Charles Dos Santos
Raimondo Bidebent: Simón Orfila / Simon Lim (19/10/2012)
Alisa: María José Suárez 
Normanno: Josep Fadó

Dirección musical: Marzio Conti
Dirección de escena: Emilio Sagi
Diseño de escenografía: Enrique Bordolini
Diseño de vestuario: Imme Möller
Diseño de iluminación: Eduardo Bravo
Dirección del coro: Patxi Aizpiri 
Orquesta Oviedo Filarmonía
Coro de la Ópera de Oviedo
Teatro Campoamor de Oviedo


Funciones de abono: 13, 15, 18 y 20 de octubre, 20 horas.
Función fuera de abono: 19 de octubre, 20 horas.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Werther. La consecuencia lógica.


Artículo publicado en el programa de mano de la ópera Werther.

El acervo popular, ese que establece etiquetas la mayoría de las veces peligrosas, considera al Werther de Massenet como la culminación de la ópera romántica francesa. Sea o no la ‘culminación’ –este término implica una cierta supremacía donde ya entra en juego la subjetividad y los gustos personales– lo cierto es que estamos ante el siguiente paso en una evolución constante dentro de la lírica francesa, ante el resultado de una serie de antecedentes y movimientos estilísticos y, sobre todo, ante uno de los puntos que nos hacen pivotar entre los siglos XIX y XX.


‘El amor nos vuelve la cabeza del revés’, del pintor Federico Granell, 
portada del programa de mano del Werther
[ÓPERAy+Artes]

Para entender el surgimiento de la ópera insignia de Jules Massenet es necesario remontarse hasta 1828. Contrariamente a lo que cabía esperar, el movimiento romántico tardó en penetrar en Francia debido a la convulsa situación revolucionaria que desde 1789 agitaba a la sociedad, y que llevó a autores que podían haber sido claves en el arranque del nuevo estilo a la guillotina (como André Chénier) o al exilio (como sucedió con René de Chateaubriand). La censura napoleónica, poco amiga de la heterodoxia artística reinante en Europa, había prohibido en 1810 la publicación del tratado sobre Alemania de Germaine de Staël (De l’Allemagne), plenamente imbuido del espíritu romántico. Pero por fin en ese año 28 se produce el necesario golpe en la mesa: la publicación del prefacio de Victor Hugo a su obra Cromwell desafiaba la rigidez clásica y las convenciones sagradas de Racine y Boileau, y causaba una conmoción intelectual en los bulliciosos cenáculos de los que eran partícipes escritores y pintores, y en los que la música estaba representada a través de nombres como Berlioz y Liszt.

Bien es cierto que la música operaba un poco al margen de estos movimientos. Por aquel tiempo música era casi exclusivamente sinónimo de espectáculo lírico, de ópera, de combinación de estilos (teatro, canto, ballet…) que poco o nada respetaban las unidades clásicas. Al igual que la introducción de Shakespeare en la vida literaria francesa cambió para siempre a sus escritores, la irrupción de las composiciones de Beethoven en la década de los 20 en la vida parisina influyó sobremanera en sus músicos. Berlioz fue uno de los asistentes a una serie de conciertos en el Conservatorio de París dedicados al genio de Bonn, organizados por su director, François Anton Habeneck, de nuevo en el año clave de 1828: “El golpe fue casi tan fuerte como aquel que sentí con Shakespeare. Beethoven abría ante mí todo un nuevo mundo musical, tal y como Shakespeare me había revelado un universo nuevo de poesía”, asegura Berlioz en sus memorias.

Será precisamente Berlioz, con su ópera Les Troyens uno de los baluartes del nuevo estilo lírico francés: la Grand Opéra. Toda la grandilocuencia de un gran espectáculo dividido en cuatro o cinco actos, que siempre incluía al menos un ballet y cuya duración todavía hoy se considera excesiva. Unas características que siempre han sido un sello galo desde el surgimiento en pleno periodo Rococó del Style Galant que, sin llegar a estos extremos, sí apostaba por ofrecer al público un grand spectacle a través de la Opéra-ballet. Si bien la Grand Opéra se puede relacionar formalmente con este antecedente preclásico, lo cierto es que, además de estos aires de grandeza, en el siglo XIX se cuidan mucho más las historias, presentando libretos basados por lo general en grandes gestas históricas que proporcionan más empaque e interés a un nuevo título que el simple despliegue de medios humanos y escenográficos.

El ambiente cosmopolita que se vivía en Paris ayudaba a la suma de influencias, en especial italianas, a través de compositores como Luigi Cherubini o Gaspare Spontini, quienes mostraron el poder dramático del recitativo y la utilización grandiosa de la música para honrar al Emperador. Clave para el desarrollo de la ópera en esta época es la figura de Eugène Scribe, libretista autor de muchos de los grandes textos líricos franceses del momento. Trabajando mano a mano con el compositor Daniel-François Auber sentó las bases del nuevo género tras el estreno el 29 de febrero de 1828 (seguimos volviendo siempre a este año crucial) de La Muette de Portici. Siguiendo el camino insinuado por Spontini en La Vestale (1807), Scribe plantea una cuidada ambientación histórica, que, combinada con la inclusión de grandes efectivos orquestales y el uso de una potente masa coral por parte de Auber, dio lugar a la considerada primera obra del género. Más tarde llegarían otros títulos emblemáticos de la Grand Opéra sobre textos de Scribe, como LeComte Ory de Rossini (1828); Robertle Diable (1831), Les Huguenots (1836) y  L’Africaine (1865) de Meyerbeer; La Favorite de Donizetti (1840); o LesVêspres Siciliennes (1855) de Verdi, entre otros.

Sin embargo, como cabía esperar, los excesos del género provocaron la reacción de una nueva generación de compositores, que pretendían huir de esta grandiosidad, basando sus obras en argumentos punzantes y en mordaces historias de amor, y, sobre todo, que volvían la vista a la literatura contemporánea para su adaptación lírica. Llegaba el tiempo de la Opéra Lyrique, cimentado en la necesidad de revitalizar un género agonizante (el estreno póstumo en el 65 de L’Africaine de Meyerbeer supuso la confirmación del final de ciclo) y, sobre  todo, de establecer una competencia francesa a las dos grandes figuras europeas de la segunda mitad de siglo: Wagner y Verdi.

Se tiende a considerar pioneros de este estilo a Ambroise Thomas (1811-1896) y a Charles Gounod (1818-1893). Del primero de ellos, dos títulos sobresalen por encima de toda su producción: Le Caïd (1849) y Mignon (1866). Ambas son claros ejemplos del nuevo movimiento y, si bien Le Caïd hoy ha caído en el olvido, Mignon, bien en su versión completa o a través de sus arias más conocidas (como el prodigio de coloratura que es “Je suis Titania”), está todavía presente en los teatros. Este título es uno de los paradigmas de la corriente más joven: importancia del recitativo, líneas de canto bien definidas, métricas regulares, ritmos animados y, sobre todo, un libreto –firmado por Jules Barbier y Michel Carré en su versión original en francés– que es una adaptación de la novela de Goethe Wilhelm Meister, y que responde a los preceptos de recurrir a escritores más actuales.

De nuevo un libretista será clave para el desarrollo de la nueva vía: Jules Barbier (muchas veces en colaboración con Carré) se convertirá en el libretista de cabecera del otro gran representante de la Opéra Lyrique mencionado, Charles Gounod. Otra adaptación de la pareja de un texto de Goethe, el Fausto (y en concreto el episodio del enlace entre Fausto y Margarita), dará pie a la ópera más famosa de este compositor, que basa su valía en un potente canto de estilo declamatorio que busca el reflejo más fidedigno del habla humana, huyendo de la afición francesa por la uniformidad y lo melodioso. Sin embargo, cuando se centra en formas operísticas típicas (arias, dúos, conjuntos, etc.) la música de Gounod se transforma, tornándose en ligera a semejanza de Mignon, lo que le valió duras críticas en su estreno en 1859.

Y en este ambiente apareció en escena Jules Massenet (1842-1912). Alumno de Thomas y perfecto conocedor de la música de Gounod, así como de la tradición lírica francesa. Estudiante en el Conservatorio de París, presentó sus credenciales con la victoria en el Grand Prix de Roma por su cantata David Rizzio en 1863. Con estos reconocimientos y el éxito cosechado con sus óperas Manon (1884) y Le Cid (1885) presenta el Werther en Viena en 1892 en una traducción al alemán, y en enero de 1893 en su original francés en Parí, basado en la novela epistolar Die Leiden des jungen Werthers (Los sufrimientos del joven Werther) en una adaptación operística de  Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann.

Massenet toma el canto declamado y huye de la ligereza, pero no de la grandiosidad vocal. En un fluir musical a menudo comparado con la técnica wagneriana (de la que también toma el uso de leitmotiven) Massenet propone una unión de todos los estilos: el fatuo amor romántico y la exaltación de los sentimientos, pero a través de un prisma íntimo, reducido a pocos personajes sin empleo de coro (excepto el coro de niños). La aparición de melodías sencillas, a cargo de los personajes populares, es un guiño a luminosidad vista en Thomas, sin embargo, la historia de antihéroe romántico poco o nada tiene de liviano. Lo criticado en Gounod –el poco realce de la complejidad de los textos de Goethe mediante su música– aquí es subsanado, y la profundidad filosófica y el sentimiento de cada personaje está reflejado a través de la sutileza musical. Massenet atrapa cada instante y lo plasma en el pentagrama como si fuese único, centrándose en el trasfondo de cada escena (de ahí la necesidad del uso de motivos recurrentes para dar coherencia al conjunto).

El legado de Massenet continuó fraguándose con  Thaïs (1894), y el testigo fue recogido por los nuevos compositores que abrían la ópera al siglo XX. El realismo italiano (Leocavallo, Mascagni, Puccini) bebe directamente de la sinceridad musical de Massenet. Y, por supuesto, es innegable su impronta en la obra fundamental que dio carpetazo al romanticismo francés, el Pelléas et Mélisande de Debussy (1902), donde la declamación y la disolución de la forma triunfaron definitivamente dando lugar a una historia, si cabe, aún más fascinante. 


sábado, 8 de septiembre de 2012

El romanticismo exacerbado de Werther abre una nueva temporada de ópera




La temporada de la ópera de Oviedo comienza con toda una declaración de intenciones. Un hito del romanticismo lírico, estandarte de la ópera francesa, cuyo rol protagonista es bien conocido por los aficionados ovetenses por ser uno de los más (y mejor) interpretados por Alfredo Kraus. Se trata de ‘Werther’, de Jules Massenet, que el martes levanta el telón del curso 2012-2013 y durante cuatro funciones (11, 14, 17 y 20 de septiembre) se presentará en las voces de Nancy Fabiola Herrera y José Bros, bajo la dirección musical de Yves Abel.

© Johan Jacobs
Estrenada en 1893 en su definitiva versión en francés, la adaptación de la obra de Goethe en la que se basa el texto (‘Die Leiden des jungen Werthers’) fue un proyecto lentamente meditado y cuidadosamente trasladado a la escena por la pareja de libretistas Édouard Blau y Paul Milliet. Pese a que se considera una obra puramente francesa, imbuida del sentimiento romántico que flotaba en parís a finales del siglo XIX, el hecho de que se tratase de una adaptación de un autor alemán y la fuerte influencia del lenguaje musical de Richard Wagner en la partitura de Massenet, hicieron que en un primer momento la producción fuese rechazada por la Opéra-Comique de París, cuyo director, Léon Carvalho, encontró el tema “triste y sin interés”.

Por eso, un año antes de su estreno ‘oficial’ fue presentada en el Teatro Imperial Hofoper en Viena en 1892, en una adaptación al alemán traducida por Max Kalbeck. Su éxito fue tal que a finales de ese mismo año se produjo el estreno en francés en Ginebra. Este triunfo convenció a Carvalho para aprobar el montaje de la obra en enero de 1893, sin embargo en Francia el éxito de crítica no se vio acompañado de un éxito de público. Hoy en día es esta versión presentada en París la que se ha impuesto.

© Johan Jacobs
El protagonista absoluto es Werther, ideal del hombre romántico: poeta, obsesionado con los sentimientos y el amor, solitario y melancólico. Un personaje pleno de sentimentalidad y fatalismo que exige la voz de un tenor con una gran carga de fuerza dramática en la voz (de hecho más de una vez el papel lo han abordado barítonos para darle mayor empaque). La obvia implicación autobiográfica del autor del texto original es patente. Goethe volcó en su creación con apenas 24 años sus pensamientos y sentimientos, en un texto que se convertiría en referente de la cultura romántica. No sólo creó tendencias literarias y modas en el vestir, sino también, según la leyenda, una oleada de suicidios. Fue un libro de cabecera de Napoleón, pero también del monstruo de Frankenstein. Todo un fenómeno literario que se presentaba como personaje ideal para ser puesto en música.
En Oviedo el rol de Werther lo acometerá José Bros, hoy en día el tenor español más respetado en el panorama internacional que vuelve a Oviedo cuatro años después de su última intervención en la temporada de ópera.


La réplica se la dará la mezzo canaria Nancy Fabiola Herrera, otra de las grandes estrellas internacionales salidas de la cantera española para completar un dúo protagonista que se presenta como garantía de calidad vocal. Su personaje, Charlotte, es el que más cambia con respecto a la novela original, ya que los libretistas decidieron otorgarle mayor presencia para equipararla escénicamente a Werther. Es el papel más contradictorio y confuso de la ópera, una mujer que se mueve entre el amor por el joven Werther y su lealtad hacia el matrimonio concertado con Albert. Vocalmente exige también mucha fuerza, apoyada en unos graves que convierten el papel en inaccesible para muchas sopranos que se acercan a él.

© Johan Jacobs
Después de todo, la música propuesta por Massenet para este joven Werther es muy personal e introspectiva. Un viaje interior que apela a los sentimientos más profundos de los personajes, cargada de una subjetividad que se impone sobre la propia acción dramática. La melancolía y el pesar por el amor inalcanzable son los verdaderos motores de esta ópera en cuatro actos basada en el monólogo y el diálogo más íntimo en la que el autor, según sus propias palabras, puso toda su “alma y conciencia de artista”.








FICHA

Werther
Música de Jules Massenet
Libreto de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann, basado en la novela ‘Die Leiden des jungen Werther’ de Johann Wolfgang von Goethe.
Drame Lyrique en Cuatro Actos y Cinco Escenas.
Producción del Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas.

Personajes e intérpretes
Werther: José Bros
Albert: Marc Barrard
El Magistrado: Víctor García Sierra
Schmidt: Jon Plazaola
Johann: David Sánchez
Brühlmann: Miguel Quintana
Charlotte: Nancy Fabiola Herrera
Sophie: Elena de la Merced
Kätchen: Elena Miró

Dirección musical: Yves Abel
Dirección de escena: Guy Joosten
Diseño de escenografía: Johannes Leiacker
Diseño de vestuario: Jorge Jara
Diseño de iluminación: Davy Cunningham
Dirección del coro: Iván Román Busto
Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias
Coro de niños Escuela de Música Divertimento

Funciones: 11, 14, 17 y 20 de septiembre. 20 horas. Teatro Campoamor de Oviedo


martes, 4 de septiembre de 2012

ABSTRACT: Música explícita como procedimiento (¿válido?) de construcción del lenguaje audiovisual



LOGROÑO, 6 al 8 de septiembre de 2012

"Música explícita como procedimiento (¿válido?) de construcción del lenguaje audiovisual"

Resumen:

En el mundo audiovisual, el cine comercial demanda una simplificación de lenguajes que en muchos casos hagan accesible la película a un espectador medio. La necesidad de comunicar gran cantidad de información en el menor tiempo posible hace que la música aplicada, como recurso narrativo fundamental en este tipo de producciones, deba convertirse en el estandarte de este lenguaje.


A través del trabajo de uno de los compositores más reconocidos en el panorama cinematográfico actual, José Nieto (Madrid, 1942), trataremos de desentrañar este tipo de recursos, que apelan directamente a una memoria cultural colectiva, activando determinados códigos comunes a una sociedad, convenciones musicales aceptadas que, sin embargo, cumplen su cometido. De una manera brutalmente directa, tan explícita que muchas veces puede resultar obvia, el espectador se ve sacudido por estímulos sonoros que van creando una biblioteca de recuerdos. Clichés musicales que, pese a ello, siguen demostrando ser enormemente útiles para según qué propósitos.
En nuestra comunicación disertaremos sobre este tipo de composiciones, planteándonos como pregunta de partida si constituyen un modelo válido de construcción del lenguaje audiovisual. Nos preguntaremos por su utilidad, innovación e intención a la hora de ser escogidos para determinadas escenas. Y, sobre todo, trataremos de comprender cómo el fenómeno que Max Steiner definía como inaudibility, unido al bagaje sonoro y cultural de una sociedad determinada, puede hacer que casi un siglo después, esta forma de trabajar siga vigente en el mundo cinematográfico.