sábado, 10 de octubre de 2009

Entrevista a Juan Pons, barítono





10/10/2009
“La mayor competencia es contra uno mismo”

Aquejado de un proceso gripal que a dos días del estreno le mantenía ‘entre algodones’, el barítono balear Juan Pons nos recibió en el antepalco municipal del Teatro Campoamor. El año que viene cumplirá 40 años de exitosa carrera, en los que ha actuado en todos grandes los templos de la ópera alrededor del mundo, y ha compartido cartel con los cantantes más reconocidos. Pons repasa su vida encima del escenario y nos da algunas claves para comprender mejor la ‘Tosca’ que se estrenó el pasado jueves en Oviedo y a la que le quedan todavía 3 funciones con el reparto principal (días 11, 14 y 17) y una con el reparto joven (día 16).



'Tosca’ es el título más representado en la historia de la Ópera de Oviedo, y en su currículum figura más de 400 veces. ¿Se puede seguir aportando algo con ese bagaje?

Depende de cada situación, de los colegas que te acompañan, de la producción… Es fácil creer que puede llegar a aburrir a un cantante volver a enfrentarse al personaje de Scarpia, pero no es así, porque no estoy en una compañía que la representa a diario con el mismo equipo durante años. Todo alrededor va cambiando, las indicaciones que se reciben son diferentes, y cada una es un desafío nuevo. Lo importante es entrar en el personaje, respetando las indicaciones de Puccini.

Usted está considerado como un experto en Puccini, y en general en el verismo italiano. ¿Es ‘Tosca’ su ópera favorita?

Está dentro de mis óperas favoritas. Sin embargo, si tengo que decantarme por un personaje sería el ‘Simon Boccanegra’ de Verdi, porque a nivel vocal exige pasar por diferentes épocas de la vida, desde la juventud hasta llegar a Dux de Venecia, con todos los matices que eso conlleva. Si hablamos de la combinación cantante- actor, diría ‘Falstaff’ (Verdi). Y por supuesto está ‘Tosca’, ‘Andrea Chénier’ (Giordano), ‘Pagliacci’ (Leoncavallo)…

Centrándonos en el personaje de Scarpia, exige una fuerte carga dramática. ¿Va en detrimento de la voz?

No, en absoluto. Creo que la voz aún me responde, y siempre que un personaje ha exigido una carga pasional y dramática, o de rabia, como hay en Scarpia he aprendido a usar la inteligencia y la técnica. No se puede subir encima de un escenario y gritar, pese a ser un personaje fuerte que da órdenes. Sin embargo es necesario convencer al público, y tal como está escrito, es imposible no sentir algo cuando estás en esos momentos. Por tanto, se debe afrontar pensando en que la voz tiene que durar, y como decía Alfredo Kraus, se estudia canto para cuando no se puede cantar.

El año que viene cumple los 40 años de carrera operística. Empezó en el coro del Liceo, y debutó aquí en Oviedo.

Sí, comencé en julio de 1970 en el coro del Liceo de Barcelona, ciudad a la que había llegado para estudiar canto desde Mallorca. Durante un tiempo fue el que venía a Oviedo a hacer las representaciones, porque la Ópera de Oviedo no poseía un coro, así que mi primera actuación fue en el Campoamor. También hice uno de mis primarios aquí, cuando la mayoría de los cantantes que se traían eran italianos

Mucha gente dice que no es bueno comenzar una carrera como solista en un coro…

Lo sé. Pero no podría estar más en desacuerdo. Si tuviera que volver a empezar mi carrera volvería al coro. Es muy útil para empezar a conocer el repertorio, acostumbrarse a mirar al maestro… y sobre todo aprender de la técnica de las grandes estrellas, a las que tienes a un paso en escena: su colocación, respiración, fraseo, actitud…Todo son experiencias y es un modo de empezar la casa por los cimientos

¿Qué valoración hace del coro actual de la Ópera de Oviedo tras la reconversión a la que fue sometido?

No es un coro profesional, como pasa en muchos de los teatros de ópera de España, y eso se nota en determinados momentos. Sin embargo, lo que puede faltar de técnica, potencia o cuerpo, por ejemplo en el ‘Te Deum’ del final del primer acto, se suple con horas de trabajo, una fantástica actitud y unas enormes ganas de hacerlo bien. Están por el buen camino, y les deseo lo mejor.

Usted empezó su carrera como bajo, y fue Montserrat Caballé quien le ‘recicló’ en barítono

Yo cantaba el papel de Rey de Egipto en ‘Aida’, en el Liceo de Barcelona, con un reparto excepcional: Caballé, Plácido Domingo… Después de un ensayo, Montserrat se me acercó y me citó en su casa para cuando finalizasen las representaciones. Allí me dijo que me quería escuchar de barítono, y me dio el aria ‘Di Provenza il mar’, de ‘La Traviata’. Sin haberla estudiado la canté, y después comencé a subir a los agudos sin saber qué nota estaba dando. En ese momento me dijo que muchos barítonos hubiesen querido cantarla como lo había hecho yo.

Eso supone un cambio radical para cualquiera

Efectivamente. Aquel día fue un jarro de agua fría. Estaba empezando mi carrera, llevaba 4 años en Barcelona estudiando para ser bajo, y sentía que los había tirado por la borda, ¡porque en realidad era barítono! Sin embargo hoy bendigo esa hora, porque de barítono es como he conseguido esta carrera.

¿Hace falta decir “no” a muchos papeles para llegar en buenas condiciones a los 40 años de carrera?

Sí, hay que ser valiente y declinar determinados papeles para no forzar una voz no preparada. Sin embargo, eso se puede hacer con una carrera ya asentada. Al principio en necesario estar en la rueda, encima del escenario con papeles menores. Cuando yo empecé a cantar ‘Tosca’ no empecé como Scarpia. Yo hice de carcelero, de Angelotti, de Sciarrone… y poco a poco se va escalando. Yo he vivido el caso de una chica que prometía mucho, y siguiendo los consejos de su profesora declinó muchos papeles en sus comienzos, y hoy en día no se dedica a esto, porque perdió muchas oportunidades. Primero debes darte a conocer y luego escoger.

¿Realmente es un mundo tan competitivo el de la ópera?

Creo que sí, pero yo no me tomo la competencia como un partido de fútbol o de tenis, en el que hay un contrario al que ganar. La mayor competencia es contra uno mismo. Debes ser muy autocrítico, analizar los fallos y absorber todo lo que se pueda, para ir creciendo. Toso ayuda.

¿Se siente como un mentor de los más jóvenes?

Lo hago mucho cuando voy a Nueva York, a Zurich… Hace poco el Metropolitan me pagó cuando estaba allí por dar clases a un chico, y en Suiza, en la Opera Studio, muchos preguntan por mí y voy a escuchar nuevas voces. Estoy siempre abierto a todos. A mí me ayudaron, y es algo que me encanta hacer.

¿Y cómo ve la situación actual de los jóvenes cantantes en España?

Los tiempos han cambiado mucho, y la mentalidad también. Veo cosas muy raras, gente despreocupada, que cree que lo sabe todo. No es generalizado, por supuesto, pero sí es cierto que hay mucha prepotencia y soberbia entre la juventud.



(Foto: Iván Martínez)

sábado, 3 de octubre de 2009

'Tosca', por vigésimo sexta vez




03/10/2009

La ópera más representada en la historia de la Temporada de Ópera de Oviedo vuelve al Campoamor el próximo jueves día ocho. Esta función supondrá la primera de las cuatro que forman el segundo título programado este año, y que se extenderán durante los días 11, 14 y 17. Además, vuelve la función de segundo reparto, con un ‘cast’ más joven y precios reducidos, el día 16. Por los roles principales de esta ópera han desfilado en Oviedo nombres como Mario del Mónaco, Monserrat Caballé, Plácido Domingo o José Carreras. En esta ocasión, serán Hansmik Papian, Roberto Aronica y Juan Pons. Acompañados por la Oviedo Filarmonía y su titular, Friedrich Haider, Floria Tosca y los celos, pasiones y engaños que a su alrededor se desarrollan volverán a la vida en la truculenta Italia del siglo XIX.

Foto: Ópera de Oviedo

‘Tosca’ es una de las obras más conocidas y representadas de Giacomo Puccini. La ópera se estrenó en el Teatro Constanzi de Roma el 14 de enero de 1900. El estreno romano tuvo una acogida muy fría por parte de críticos, compositores y musicólogos, censurando su "crueldad sádica" y "la brutalidad de su argumento". Acusaciones que resultarían familiares a todos aquellos que hubieran asistido quince años antes al estreno de otra gran ópera naturalista: Carmen de Georges Bizet. Sin embargo, pronto se convirtió en una de las óperas más queridas por el público de todo el mundo desde hace más de cien años. Este temprano éxito, quizá sea debido, al efectista libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, basado en la obra ‘La Tosca’ de Victorien Sardou. El dramatismo de la obra, su contenido político y la combinación de erotismo y muerte, atraparon al público desde su estreno.

La obra original de Sardou ya era en sí truculenta, pero al reducir sus cinco actos a tres por necesidades del libreto, se produjo una mezcla realmente explosiva. En sólo tres actos había que concentrar un asesinato, una ejecución, torturas, celos, amor, lujuria, resistencia frente a la fuerza de ocupación, la caza de un prisionero fugado y un suicidio. Y Puccini supo afrontarlo encontrando la solución menos esperada y que mejor funcionó: el lirismo.

Sabía que no era suficiente apoyar tanta acción y tanta pasión con una música igual de activa y apasionada, sino que también hacía falta destacar la belleza del ser humano, esa llama que no puede apagar ni la crueldad ni la brutalidad y que nutre la esperanza cuando todo parece imposible. Y para lograrlo utilizó un continuo melódico que no se limitaba a unas pocas arias, sino que se extendía también por todo el recitativo, consiguiendo una obra de excepcional belleza.

La orquestación de la ópera es de una gran fuerza y dramatismo. La influencia de Richard Wagner está presente a lo largo de toda la composición. Puccini creó una serie de ‘leitmotiven’ fácilmente distinguibles, que evocan la personalidad de los protagonistas. Esta caracterización de los personajes a través de la música, es incluso aplicable a los papeles secundarios. Se observa también una amplia utilización de formas musicales ajenas a la ópera, como por ejemplo el Te Deum, la gavota que se escucha fuera de la escena, el fúnebre redoble de los tambores o la marcha del fusilamiento. Todo esto crea una estructura musical articulada y compleja, cuya unidad queda asegurada por la acción.

Hacía ya casi una década que estaba de moda el verismo, versión italiana del naturalismo francés, pero Puccini nunca había compuesto algo en este estilo. El éxito en 1890 de ‘Cavalleria Rusticana’, de Mascagni, seguido por ‘Pagliacci’, único éxito duradero de Leoncavallo, había dejado la puerta abierta. Pero hasta ‘Tosca’ ningún compositor había sabido cruzar su umbral en igualdad o superioridad de condiciones con ellos. Con Tosca, Puccini lo consigue, superando con creces los dos hitos anteriores del verismo.

Desde el punto de vista vocal, la ópera, apenas contiene arias. Salvo la famosa plegaria de Tosca (“Vissi d´arte”), las arias de Cavaradossi (“Recondita armonia” y E lucevan le stelle”) o el aria de Scarpia (“Mi dicon venal”). Toda la ópera es un declamado donde la música de Puccini, siguiendo las pautas del ‘continuum musical’ creado por Wagner, se convierte en la protagonista de la obra.

La acción de la ópera se desarrolla en tres lugares míticos de la geografía romana: la iglesia de Sant’ Andrea della Valle, el Palazzo Farnese y el Castel Sant’ Angelo. La belleza musical de la partitura de Tosca y los impresionantes escenarios en que se desarrolla la trama de la ópera parecen un canto a la Ciudad Eterna. Sin embargo, una lectura profunda de ‘Tosca’ nos desvela el contenido político de la ópera, la lucha existente en la Italia de 1800 entre los republicanos y los monárquicos o lo que es lo mismo entre las fuerzas reaccionarias y las progresistas. Los protagonistas, Angelotti y Cavaradossi, están movidos por los ideales liberales de los republicanos mientras que Scarpia sería el valedor de las ideas conservadoras y el instrumento represivo a las órdenes de la autocracia borbónica. Y en el centro, Floria Tosca, uno de los personajes femeninos que más ha calado en el aficionado operístico, y es decir mucho, ya que la producción de Puccini siempre se ha relacionado con los grandes roles femeninos: Madame Butterfly, Manon Lescaut, Mimí…

El drama que subyace de ‘Tosca’ es uno de los más perfectos en el aspecto narrativo. Contiene un equilibrio perfecto entre música y teatro, manteniendo la tensión y el pulso representativos en un espectador que ve pasar ante sus ojos una conmovedora y dura historia, una perfecta simbiosis con un único fin común: contar la historia de Tosca desde la iglesia de Sant’ Andrea hasta el impresionante final en la azotea del castillo de Sant’ Angelo.

Es conocido el perfeccionismo de Puccini durante la creación de sus operas. No descuidaba ni un solo detalle (quizás por esto no produjo corpus operístico tan amplio como Giuseppe Verdi): se involucraba enormemente en la psicología y los sentimientos de sus personajes, y en las diversas situaciones que deben enfrentar, siendo un extraordinario descriptor de todas estas. En plena composición de ‘Tosca’ viajó a Roma para visitar personalmente los lugares reales donde se desencadenaban los hechos del drama de Sardou, especialmente la plataforma superior del Castel Sant’ Angelo, para escuchar y apreciar personalmente el cantar de los pájaros y el ambiente tan especial que tiene aquel lugar a orillas del rio Tiber al amanecer.

El reparto que se presenta en la versión de abono es uno de los más equilibrados de toda la temporada. Posee la calidad vocal de la afamada soprano armenia Hasmik Papian -experta intérprete de Puccini- para Floria Tosca, el lirismo del tenor italiano Roberto Aronica como Mario Cavaradossi, y, dándole la réplica, la veteranía y potencia de la voz del barítono español Juan Pons.

La Orquesta Oviedo Filarmonía repite en el foso, en esta ocasión con su titular, Friedrich Haider a la batuta. Se podría decir que Haider ‘debuta’ en el Campoamor dentro de un repertorio verista, estilo en el que se enmarca ‘Tosca’, por lo que ver la lectura que el maestro germano hace de la partitura de Puccini será una de las grandes incógnitas del título.

viernes, 12 de junio de 2009

Notas al programa, OSPA (Grieg: Concierto para piano - Mahler: Sinfonía nº 1)

Concierto de Clausura de la Temporada 2008/ 2009

12/06/2009


Edward Grieg- Concierto para piano en La menor, Op. 16

Edward Grieg (1843- 1907) nació en la ciudad portuaria de Bergen (Noruega), y comenzó su educación musical recibiendo lecciones de piano por parte de su madre. Con la intención de cimentar lo aprendido y ampliar su formación de una manera más académica, ingresó en el Conservatorio de Leipzig a los 15 años. Allí entró en contacto con la música para piano de Mendelssohn, Schumann y Chopin, y también cursó los estudios de composición. Poco después haría su debut en su doble vertiente de intérprete y creador.

Muchos movimientos nacionalistas diferentes aparecieron en la Europa decimonónica, y Noruega era una tierra donde existía un fuerte sentimiento de necesidad creativa con sello propio. Grieg marchó a Dinamarca para continuar sus estudios -centro de la cultura escandinava en aquellos momentos-, donde conoció compositores de su misma generación, como el noruego Rikard Nordaak (1842- 1866), fundamentalmente conocido por sus arreglos de canciones extraídas del folklore noruego. Esta experiencia le convenció tanto que decidió enfocar toda su producción hacia la expresión de la identidad cultural de su país. Se embarcó en numerosos proyectos durante esta época: en 1866 se convirtió en director de la Orquesta Filarmónica de Christiania (Oslo), y el año siguiente fundó la Academia de Música Noruega.

Pero fue su Concierto para piano en La menor Op. 16 el que le abrió las puertas a la inmortalidad dentro de la música europea. Fue compuesto en el verano de 1868, en Dinamarca, donde Grieg se encontraba con su mujer (con la que se había casado un año antes) y su hija recién nacida. Su estreno tuvo lugar en Copenhague el 3 de abril de 1869, y la obra está dedicada al pianista Edmund Neupert (1842- 1888), que fue su intérprete aquella noche.

En sus primeros pasos como compositor en Leipzig, Grieg había tenido la tutela de Ernst Ferdinand Wenze, amigo de Schumann. Con sólo 17 años, había podido escuchar a Clara Schumann tocar el último concierto de su marido. Por lo tanto, era inevitable que en sus primeros trabajos se encontrase fácilmente la influencia de Schumann, incluso admitiendo apuntes de la bravura y la excitación propios de Franz Liszt.

El Concierto para piano es un trabajo de pleno sentimiento nacionalista. Como si reflejase la felicidad que en ese momento el compositor sentía en su vida privada, se encuentra lleno de optimismo, vitalidad y pasión. El trabajo contiene muchas de las consideradas ‘marcas de la casa’ dentro del lenguaje musical de Edward Grieg, como el uso de melodías extraídas del folklore noruego, un característico manejo de las estructuras rítmicas y audaces modulaciones.

El primer movimiento, escrito en la característica forma sonata, está marcado como Allegro molto moderato, en la tonalidad de La menor que le da nombre al trabajo, y en compás de 4/4. El Concierto se abre con un espectacular trémolo en los timbales, que a través de un glissando dan entrada al primer acorde de la orquesta y el piano juntos, seguido de una sección en fortíssimo con el solista desarrollando una serie de arpegios que cimientan la tonalidad del movimiento. Es un comienzo de una fuerte carga dramática, y cuya espectacularidad se encuentra entre las más altas del repertorio concertístico para el instrumento. Acto seguido será el momento de presentar el primero de los temas que, por su simplicidad, alcanza unas altísimas cotas de belleza. Aunque la introducción por parte del piano y el siguiente ataque del primer tema por parte de las maderas beben directamente de Schumann, todo el movimiento no surge de una sola fuente, sino de dos temas plenamente contrastados, y el segundo de ellos se expande desde el dulce lirismo hasta un apasionado clímax. La exigente cadenza final debe más a Liszt que a Schumann.

El idílico Adagio en Re bemol del segundo movimiento es un auténtico dúo de amor para orquesta y piano, con cada uno haciendo sus entradas hasta fundirse en una conmovedora recapitulación. Formalmente, es una pieza en 3/8 con estructura A-B-A. La primera sección comienza con una exposición interpretada por las cuerdas con sordina. La segunda, es caracterizada por la bella melodía interpretada por el piano con una ornamentación exquisita.

Sin pausa, con un expresivo attacca, comienza el finale del concierto (Allegro moderato molto e marcato). Se estructura de nuevo en una forma ternaria, pero más libre. Vuelve a la tonalidad de origen, La menor, y al ritmo binario, 2/4. Marca un contraste muy efectivo con el movimiento anterior con un simple y poderoso tema de carácter fuertemente rítmico. De los tres movimientos del Concierto, éste es sin duda el que posee un sabor nacionalista más acuciado. Está estructurado a gran escala, con una sección A que incluye la exposición temática y el desarrollo de la misma. Grieg toma prestado el ritmo de danza del Halling noruego para esta primera parte, que será transformado dentro ya de la sección B en el triple ritmo del Spring-dans. Esta segunda parte es de carácter más gentil, con el piano realizando variaciones sobre un relajante tema previamente presentado por las flautas. Los temas de las secciones A y B son recapitulados en el mismo orden en la coda, que alcanza un brillantísimo clímax para finalizar el Concierto.

Nada es más profético que este finale, con esos primeros apuntes del gran amor que Grieg sentía por la música popular noruega, y que le convertirían en un conquistador de las formas clásicas a gran escala, pasadas por un inspirado tamiz nacionalista, que desde entonces vertebrarán el catálogo de uno de los más grandes compositores escandinavos de todos los tiempos.



Gustav Mahler- Sinfonía nº 1 en Re Mayor, “Titán”

En junio de 1894, Gustav Mahler (1860- 1911) interpretó su Primera Sinfonía en un festival musical en Weimar, y un enfurecido grito de indignación se elevó desde la prensa germana especializada, que condenaba a la obra como un “crimen contra la ley y el orden en el mundo de la música sinfónica”. No era la primera reacción que la música de Mahler provocaba en este sentido.

La hostilidad se hizo patente desde la noche de su primera interpretación, en Budapest, el 20 de noviembre de 1889, si bien la sinfonía no era presentada como tal. La intención original del compositor fue la de crear un poema sinfónico en dos partes y cinco movimientos. Bajo el nombre de Titán, se convertiría en sinfonía cinco años más tarde, homenajeando a la novela de Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter), aunque el propio Mahler se encargó de puntualizar que no seguía en absoluto el texto del escritor alemán.

La versión definitiva de la obra –para la que Mahler elimina el apelativo de Titán- no llegará hasta 1899. En los diez años que separan su primera interpretación de esta revisión final, Mahler no sólo había alcanzado la cima de su carrera como director (fue nombrado director de la Ópera de Viena en 1897), sino que ya había compuesto sus dos siguientes sinfonías. Es a través de la distancia temporal cuando, viendo con perspectiva estos años de gran intensidad creativa, podemos valorar la riqueza de ideas y la forma tan efectiva en la que utiliza la orquesta y sus recursos para Titán.

Se considera a Mahler como el último de los grandes sinfonistas. Él otorgó a este género establecido por Haydn un nuevo enfoque, y expandió su estructura a dimensiones colosales. Podría decirse que tomó las formas tradicionales y las adaptó a sus propias ideas creativas para poder proyectar en su obra su mundo interior. Algunos críticos lo definen como un compositor postromántico, con elementos expresionistas que anticipan la evolución musical que conduce al atonalismo de Schoenberg, una evolución que él siempre defendió y alentó, aunque nunca se atrevió a dar el primer paso.

En Titán lo sublime y lo trágico se hallan indisolublemente unidos a lo paródico y lo grotesco. En ella hay un aspecto muy refinado y complejo que contrasta con su inclusión de melodías populares, cantos de pájaros y ecos militares. “Los temas –decía Mahler- han de surgir de todas partes, sin ninguna relación rítmica o melódica. Luego el artista debe unirlos en un todo coherente”. La Primera Sinfonía ha sido comparada con una baraja de cartas que se mezclan continuamente, donde la novedad puede surgir en cualquier instante.

La sinfonía se inicia con un movimiento rotulado como Langsam, schleppend (lento, arrastrado), y que posee la indicación de “Como un ruido de la naturaleza”. Comienza con una introducción mágica, de ensueño, claramente deudora del comienzo de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. El propósito de Mahler era sugerir el sonido de la naturaleza. Como un lento amanecer, la cuerda sostiene una nota en doble pianissimo, sobre la que se escucharán los cantos de cuco en las maderas, cantos que acabarán tomando una entidad temática. Los llamamientos de las trompas, similares a un anuncio de caza, introducen el segundo tema en los clarinetes, con reminiscencias de marcha militar.

Sin embargo, todo esto no es más que una introducción para el primer tema de la exposición, cuya melodía está extraída del primer verso del segundo de los Lieder eines fahrenden Gesellen (Canciones de un caminante), que reza: “Paseando esta mañana por el campo…” El segundo tema, presentado por los violines, también se extrae del mismo lied. Tras el desarrollo y la recapitulación de temas la música nos conduce a un gigantesco clímax donde una coda desenfrenada finaliza el movimiento.

El segundo movimiento, Kräftig bewegt (muy animado), comienza con un lúdico ritmo sincopado entre la cuerda grave y los violines, que desemboca en un ländler (o länder). Este baile popular alemán y austríaco de ritmo ternario es considerado por muchos como un ancestro del vals. Mozart, Schubert y Beethoven, entre otros compositores, cultivaron esta forma. Mahler lo utiliza aquí con asombrosa soltura, introduciendo una sección central de carácter más sosegado y poético, y ciertos ecos cortesanos.

Para el tercer movimiento, Feierlich und gemessen, ohne zu schleppen (Solemne y medido, sin arrastrar) Mahler crea una marcha fúnebre, de nuevo remitiendo a otro trabajo beethoveniano, la Sinfonía Eroica, tercera en el catálogo del genio de Bonn. Pero, curiosamente, eligió como tema la canción infantil Frère Jacques que, en modo menor, posee un aire realmente triste y gran dramatismo. A raíz de una explicación programática de Mahler, la marcha fúnebre se ha denominado en ocasiones “El entierro del cazador”. El estímulo externo de la composición deriva de una imaginativa nota caricaturesca destinada a todos los niños austriacos, narrada en un antiguo libro de fábulas y representada por Callot: el cortejo fúnebre del alma del cazador muerto cuya sepultura acompañan los animales del bosque.

El timbal marca el paso marcial y es el contrabajo quien se ocupa de la melodía en el registro sobreagudo, logrando una atmósfera llena de patetismo que se acentúa a lo largo del canon. Los ecos zíngaros constituyen el segundo tema del movimiento, que, tras la exposición, llega a una segunda sección en la que de nuevo bebe de las Canciones de un caminante, y en concreto del último de los cuatro lieder que forman este ciclo. La recapitulación devuelve el Frère Jacques y recuerdos del tema zíngaro que, ya débiles, se rinden ante la fuerza de la música fúnebre.

Todo es furia y desesperación en el comienzo del último movimiento, Stürmisch bewet (muy agitado), que llega sin descanso tras la marcha. El gran final de la obra simboliza el tránsito de las tinieblas a la luz. Basado en una gran forma sonata, el comienzo es un tema tempestuoso y de gran longitud, al que le sigue un segundo tema lírico interpretado por las cuerdas. En el desarrollo aparece un nuevo tema triunfante en los metales, pero le hará falta luchar y ser derrotado por tres veces antes de alcanzar el brillante Re Mayor final, con excelsas fanfarrias, “como si hubiera caído del cielo, como si viniera de otro mundo”, en palabras del propio Mahler. El movimiento entra en una dinámica cíclica con una mirada retrospectiva a la introducción de la obra y al tema inicial, aunque en esta ocasión concluye con un final brillante de siete trompas en un triunfo definitivo del optimismo.

Bruno Walter, uno de los grandes directores del siglo XX, y principal revitalizador de la figura de Mahler tras el ostracismo sufrido durante el Tercer Reich por su origen judío, se refería a la música de Mahler en unos términos que definen muy bien a Titán: “Lo que constituye su valor supremo no es la novedad de su carácter a menudo tan sorprendente, osado e incluso excéntrico, sino que esa novedad se plasme en una música bella e inspirada que posee, a la vez, las cualidades imperecederas del Arte y una profunda humanidad. Esto le hace seguir siempre viva y garantiza su supervivencia”.

Con su primera sinfonía Mahler fue acusado de desafiar todas las leyes de la música, siendo calificada de vulgar y sin sentido. Sin embargo, este compositor tuvo desde el principio de su vida musical un objetivo muy claro, una ‘misión’ a la que no estaba dispuesto a renunciar, y que se refleja perfectamente en las palabras que dedicó a los músicos de la Ópera de Viena en su despedida tras diez años de relación:

“El éxito no siempre ha coronado mis esfuerzos. El artista está sometido más que nadie a la resistencia de la materia, a la perfidia del objeto. A pesar de ello, me he entregado por completo, sacrificando mi persona a mi tarea, mis gustos al deber”.



N. del A.: Guardo un especial recuerdo de este concierto, ya que también me encargué de la conferencia previa, sobre la Titán. Supuso mi debut como 'conferenciante serio', al menos a este nivel, y recuerdo que el Maestro Max Valdés, director del concierto, me pisó con sus 15 minutos de speech anteriores a mi intervención (que no estaban previstos) toda la conferencia. Tocó rehacerla sobre la marcha. Ahora me río.

domingo, 10 de mayo de 2009

Estreno mundial de 'Cierta Primavera', José Nieto (Orquesta Sinfónica de Panamá- BdB Dúo)

Cierta Primavera

José Nieto

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Panamá

BdB dúo, pianos

10/05/2009


283 años separan el estreno mundial que hoy nos ocupa de la publicación del II cimiento dell´armonía e dell´invenzione (El fundamento de la armonía y la invención), libro donde se incluye el Concierto número 1 en Mi Mayor, RV. 269 de Antonio Vivaldi: ‘La Primavera’. ¿Ha cambiado tanto la música en estos casi tres siglos? Hay quienes sostienen dogmáticamente que en el barroco se inventó todo, y que el resto de épocas no han hecho sino reelaborar lo ya existente. Si bien puede ser un poco arriesgada esta afirmación, lo cierto es que las bases de toda la música occidental están ahí.

Cierta primavera, la partitura que José Nieto presenta hoy, es, ante todo, un ejercicio de estilo barroco. Tomando como base ‘La primavera’ de Vivaldi para llevarla a límites más allá de las normas imperantes en el siglo XVIII, el autor nos presenta una partitura cargada de frescura, un divertimento sonoro plenamente disfrutable. El oyente más avezado podrá identificar las progresiones cromáticas, los cambios a minore, la combinación de motivos o la búsqueda de resonancias armónicas; si no, siempre se podrá sumergir en el mundo barroco tamizado por Nieto, reconociendo todos y cada uno de las archiconocidas secciones que forman una de las obras cumbres de la música descriptiva.

Para buscar los orígenes de Cierta primavera hay que remontarse once años atrás, a la película Extraños, dirigida por Imanol Uribe. En ella Nieto, autor de la banda sonora, se sirve de una escena al comienzo de la película, donde se ensaya el segundo Concierto de Brandemburgo de Johann Sebastian Bach, para construir una partitura a través de la modificación de los motivos del Concierto del compositor de Leipzig.

De esta composición para cine surge una partitura para tres pianos todavía inédita, que entronca directamente con el concepto del estreno de hoy. De hecho, aquella partitura nunca estrenada -y ahora convertida en Brandemburgo 2.2 para dos pianos- se ha convertido en la segunda de una trilogía barroca que Nieto cerrará con una adaptación del Quinteto ‘Fandango’ de Luigi Boccherini.

Desde los primeros compases de Cierta primavera, donde ya se establece el reconocible pulso de bajo continuo, se marca el carácter de la obra. Por el primer movimiento pasan todos los motivos que Vivaldi asoció al murmullo de las fuentes, al canto de los pájaros, a la tempestad… La obra se sostiene a través de una textura predominantemente polifónica y un desarrollo cromático lleno de audaces progresiones armónicas al que es sometido cada motivo.

Sobre lo que Vivaldi identificó con el ladrido de un perro que molesta la plácida siesta del pastor se construye el segundo movimiento. Esas dos notas repetidas, que rompen la tranquilidad que transmite el resto de la música -y que en la obra original son asignadas a la viola- son imitadas en los dos pianos, con la peculiaridad de su interpretación directamente en las cuerdas, dentro de la caja del instrumento. También se encuentra presente la hermosa melodía del violín solista, pero quizá lo más interesante de este segundo movimiento sea la búsqueda de resonancias armónicas mediante clusters y acordes pulsados sin que lleguen a sonar, que construyen una nueva atmósfera plácida para este momento de asueto vespertino.

La fiesta de las ninfas y los pastores es el cierre de ambas obras, con dos texturas diferenciadas en el caso de la obra de Nieto: la homofonía clara y triunfal para el ritornello y el contrapunto imitativo en las diferentes secciones, muy cercano a la tendencia neo-scarlattiana que nació durante la generación de compositores españoles de la República, como por ejemplo Ernesto Halffter (1905-1989). El tono festivo es constante en todo el tercer movimiento, mediante clusters rítmicos que remarcan el carácter danzable del mismo

Todas estas indicaciones son más o menos necesarias para comprender plenamente la obra que hoy se estrena, sin embargo, no se preocupen por esta sucesión de datos. Todo lo aquí expuesto ya lo han oído. Simplemente, siéntense y disfruten de este juego de espejos propuesto por José Nieto.

sábado, 18 de abril de 2009

Entrevista a Krzysztof Penderecki, compositor, director y Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2001




18/04/2009

La Vanguardia ya no existe”


Krzysztof Penderecki es reflexivo. Calcula cuidadosamente cada respuesta, y marca largas pausas para acometer cada frase. Pese a los años, su inglés sigue poseyendo el característico acento polaco que le otorga una sonoridad especial. No deja ni una palabra al azar, y como buen compositor, es orgulloso. Huye de las polémicas en torno a él, y contesta a las preguntas a su manera. Busca sentencias, grandes frases que dejar al lector huyendo de banalidades. Con motivo de los conciertos ofrecidos al frente de
la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias en Avilés y Oviedo, nos concede una entrevista donde repasa su carrera.



Maestro, bienvenido a ‘su’ orquesta

Muchas gracias, realmente siempre es una satisfacción estar al frente de esta formación.

Desde la concesión del Premio Príncipe de Asturias, ha sido una parada obligatoria

No sé si la palabra es ‘obligatoria’… Es un auténtico placer ponerme al frente de orquestas tan preparadas como la OSPA. Aquí he interpretado muchas de mis composiciones, y realmente siempre he salido muy satisfecho con los resultados.

Usted es un compositor realmente difícil de tocar

Bueno, supongo que como todos. Sí es cierto que obras mías de los años 60 son difíciles, más que para el intérprete, para el director, ya que tiene que estar atento a muchas cosas.

Usted dirige sus propias obras

Sí. Hace tiempo era más normal que un compositor se pusiese al frente de las orquestas para llevar sus obras al escenario. He aprendido mucho en el podium de dirección, multitud de respuestas de los músicos y de posibilidades instrumentales y acústicas que después he aplicado en mis composiciones. Sin embargo, he de decir que hay otros directores que me encantan a la hora de abordar mi obra, como Lorin Maazel, Antoni Wit o, más recientemente Gustavo Dudamel.

Concretamente, presenta en Oviedo una obra, ‘Polymorphia’, que se enmarca en una estética vanguardista que paulatinamente ha ido abandonando hacia planteamientos neorrománticos.

Es que llegó un momento, allá por la década de los setenta, en el que me di cuenta de que no podía seguir haciendo más obras en ese estilo. Es cierto que ‘Polymorphia’, ‘Treno por las víctimas de Hiroshima’ o la ‘Pasión según San Lucas’ marcaron una época, pero sentí una necesidad de evolucionar, de ir más allá. Y en ese sentido, las posibilidades estéticas que ofrecía esa manera de componer eran ya muy limitadas.

¿Es cierto que incluso pensó en eliminar de su catálogo ‘oficial’ obras como la ‘Pasión’?

Eso es algo de lo que se ha discutido mucho. Yo nunca reniego de mis obras, y menos de la ‘Pasión según San Lucas’, que tantas satisfacciones me ha dado desde su estreno. Se ha convertido en una obra muy querida por el público y muy demandada en conciertos.

A pesar de la polémica con la que nació

Que yo no busqué, eso quiero dejarlo claro. Compuse la ‘Pasión’ como un homenaje a Bach, y de hecho utiliza el motivo basado en su nombre. Luego, en plena guerra fría se quiso ver como un golpe en la mesa de un polaco contra el régimen soviético, y el mundo occidental lo tomó como bandera de unos planteamientos políticos de los que siempre he huido, porque no me interesan esos mundos.

Independientemente de la estética del momento, sus composiciones son tocadas y grabadas constantemente ¿Se considera un compositor afortunado?

Realmente no es fácil estar tan presente en la vida orquestal mundial tan asiduamente. No voy a ser mentiroso y decir que no me interesa la acogida del público, porque vivo de eso, aunque nunca renunciaría a mis convicciones musicales por el éxito inmediato.

Sin embargo, ahora que se le puede enmarcar como ‘neo-tonal’, sus últimas obras llegan a un sector más amplio, que no comulgaba con las vanguardias de mediados de siglo

Puede ser. Sin embargo, yo creo que, igual que mi música ha evolucionado, el público tampoco ha permanecido inamovible los últimos 50 años musicales. No creo que se pueda hablar de concesiones mías hacia el público buscando el aplauso. Es más, no creo que la palabra ‘neo-tonoal’ sea aplicable a mi obra.

¿Por qué?

No creo en las etiquetas, no me corresponde a mí decir “éste compone así” o “éste compone de aquella manera”. Yo no sigo un patrón, ya no estamos en la época en la que la escuela de Darmstadt establecía las verdades únicas y universales. Ya no existen.

Pero usted las siguió…

No se me podrá acusar de ser el más dogmático de una época -mediados de siglo XX- casi dictatorial en cuanto a música se refiere. Yo componía mis obras, pero no podía permanecer ajeno a la época en la que vivía. Es más: fui de los primeros en renunciar a ellas y apostar por el romanticismo como un elemento perfectamente válido.

Una vía alternativa era la electrónica…

En aquella época todas las posibilidades se agotaban rápidamente. Tanto, que incluso los instrumentos convencionales ya no ofrecían la respuesta que se necesitaba. Y surgió la posibilidad de la música electrónica. Los laboratorios evolucionaban de una manera pasmosa, ofreciendo nuevos sonidos que hoy pueden parecer ridículos, pero que en aquel momento nos fascinaban. Yo mismo trabajé con la electrónica.

Aunque la abandonó

Sí, porque la evolución que siguió no era la que yo creía. Los laboratorios se desarrollaron buscando nuevos caminos que a mí no me interesaban y no me servían para componer, que al fin y al cabo era lo más importante. La electrónica se convirtió en un fin, y no en el medio para la creación. Huí de todo aquello.

Su evolución musical es muy amplia, recoge muchas influencias.

En este tiempo mis variaciones han sido numerosas, incluso siete u ocho etapas, ya que no he permanecido en la misma estética, y el momento clave de mi carrera es cuando en los años cincuenta me involucré en los movimientos de Vanguardia. Trabajaba en un estudio de música electrónica y esto hizo que cambiara todas mis ideas sobre la música y encontrara mi punto de partida. La Vanguardia tuvo mucha importancia en Europa, pero, como todo, tiene su principio y su final, y entonces me interesé por la música postromántica, del 1976 a 1982, y de nuevo comencé el proceso de búsqueda. Desde mediados de los ochenta mi música ha permanecido más estable, aunque sigo buscando.

¿Ya no existe la Vanguardia?

Como concepto que implicaba una determinada forma de hacer música, no. Lo que se llama Vanguardia, en este momento, repite lo que descubrimos hace muchos años

Siempre ha planteado la idea de las 9 sinfonías como el número máximo.

Desde Beethoven, el número 9 ha estado ligado a las sinfonías. Es cierto que, desde el principio, me planteé mi carrera sinfónica con el 9 como objetivo. La planificación siempre ha estado ahí, aunque luego la vida va llevándote por diferentes caminos.

‘Las siete puertas de Jerusalem’ nació como un oratorio y al final la numeró como su séptima sinfonía.

A eso me refiero cuando hablo de los diferentes caminos. Nació como un encargo de la ciudad de Jerusalén para celebrar el tercer milenio de su creación y se estrenó allí en 1997, con las orquestas de Jerusalén y de la Radio de Baviera dirigidas por Lorin Maazel. El número siete estaba muy presente en toda la obra: eran 7 las puertas de Jerusalem (la octava puerta, dorada, está reservada según la tradición judía a la llegada del Mesías), eran siete los movimientos que formaban el oratorio, y se estrenó en el 97. Por su calidad y aceptación, vi claro que debía llevar el siete en el orden de mis sinfonías, aunque la sexta no la había terminado.

La religión es una constante en su obra, sin embargo, tampoco se adscribe a las normas de la Iglesia Católica.

Yo soy compositor, no clérigo. Mi obra expresa necesidades que siento en cada momento, Hay mucha religión en mi obra, porque desde pequeño ha habido mucha religión en mi vida, es un elemento más. Y no voy a negar que se ha convertido en un pilar composicional: ahí están las obras basadas en los Salmos de David, en Jacob, el ‘Réquiem Polaco’…

¿La crisis internacional afecta a la música?

Lamentablemente, la cultura es de las primeras que se resiente en momentos de crisis. Los conciertos cuestan dinero, y si la gente no puede pagarlos, no va y no hay ingresos para acometer nuevos proyectos. Sin embargo, también es cierto que en épocas de depresión la música es el refugio de muchos para olvidar sus penas.

¿Y a la composición?

La creación siempre se refuerza en momentos difíciles. Los grandes baches siempre han llevado consigo épocas de enorme calidad artística en todas las disciplinas.



N. del A.: Todo un personaje, un genio en la definición más extensa de la palabra. La entrevista se realizó por teléfono y por dos veces estuvo a punto de colgarme, porque no se sentía cómodo con las preguntas (el momento crítico llegó con Darmstadt y mi afirmación de que siguió sus preceptos. Lo cual es verdad). Pero ya se había escabullido un año antes de estas mismas preguntas en una conferencia en la Universidad previa a su concierto de la Octava Sinfonía, en la que en el turno de preguntas los alumnos nos tiramos 'al cuello'. Esta vez no podía dejarle escapar.

Por cierto: nótese cómo rechaza cualquier etiqueta, pero algunas preguntas más tarde él mismo se encasilla en grupos postrománticos. Con todo, uno de los más grandes, y que en la entrevista sentencia verdades como puños.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Ramón Barce, compositor y maestro, in memoriam




20/12/2008

Sólo valoramos lo que tenemos cuando lo hemos perdido. En un país que no reconoce a sus genios, en una sociedad que desprecia la cultura día tras día con una rotundidad pasmosa, se han hecho tristemente habituales las despedidas de los grandes creadores por la puerta de atrás en los medios de comunicación. El pasado domingo fallecía el compositor Ramón Barce a los 80 años de edad, icono musical de la Generación del 51, y la historia se repite: la figura de Barce y su labor por la vida musical España nunca ha sido lo suficientemente reconocida y valorada. Muestra del aprecio que el mundo musical sentía por Barce es la colocación de su capilla ardiente en la sede de la SGAE, por la que desfilaron los grandes nombre de la cultura y personas anónimas, admiradores todos de la obra de un músico, pero además de un humanista completo.

Barce en La Granda (Foto: Elena Martín)

En Asturias, las visitas del Maestro a los cursos de verano de La Granda eran imperdonables, pese a los achaques propios de la edad. Aquí, junto a su mujer Elena, disfrutaba de una tierra a la que quería y en la que se sentía a gusto, e impartía sus conferencias emanando sabiduría en cada frase, siempre con su particular sentido del humor, que jamás perdió.

En su haber como compositor pueden citarse más de 200 obras entre las que sobresalen once Cuartetos de cuerda, seis Sinfonías, un Concierto para Piano y Orquesta, 'Música fúnebre', 'Canadá Trío', 'Parábola', 'Cuarteto Gauss' o 'Residencias'. Barce fue, además, el creador del denominado Sistema de Niveles, con el que cohesionó su catálogo de obras.

La influencia del Maestro Barce en la música española de los últimos 50 años es incuestionable. De su iniciativa surgieron ‘Nueva Música’ (grupo que contribuyó decisivamente en la estética de los compositores españoles) o el ‘Aula de Música del Ateneo’. Su incansable capacidad de trabajo y orden le llevaron a presidir la Asociación de compositores Españoles durante los primeros años de funcionamiento. Y, sobre todo, junto con Walter Marchetti y Juan Hidalgo, se le debe la creación de ZAJ.

ZAJ fue un grupo musical de vanguardia español, creado en el año 1964., cuyo nombre surge de la combinación de tres fonemas característicos del castellano. El grupo se dedicó sobre todo al desarrollo de las músicas de acción. Su gestación tiene una importante influencia del neodadaísmo y del zen, así como del pensamiento del compositor americano John Cage. También se ha vinculado la actividad de ZAJ a la del grupo internacional ‘Fluxus’, y, aunque existen evidentes paralelismos y similitudes, no se puede negar la originalidad de las propuestas ZAJ.

Además de compositor, Ramón Barce era doctor en Filosofía, y autor de diversos textos en los que expuso su concepción sobre sociología o la musicología. Publicó también los libros 'Fronteras de la música' (1985) y 'Tiempo de tinieblas y algunas sonrisas' (1992). Asimismo, tradujo al castellano tratados musicales de Schoenberg, Schenker o Piston, entre otros. Era miembro numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando -con la Medalla número 27- desde su ingreso en 2001, tras pronunciar un discurso titulado 'Naturaleza, Símbolo y Sonido'.

El pasado 16 de marzo Ramón Barce cumplió 80 años. Para celebrarlo, la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) presentó una biografía del compositor además del estreno absoluto de su obra 'Vaso romano'. El maestro madrileño aseguró entonces que si volviera a ser joven, no sabía si sería capaz "de repetir todo" lo que había hecho. El país sufrió "el aislamiento y un retraso enorme". "Queríamos salvar ese bache, además de rechazar la influencia francesa. Éramos seguidores de la Escuela de Viena", recordó Barce.

Este grupo de artistas, además rechazaba el empleo del folclore, que sustituyó por "música seria". "Salir de la influencia del folclore fue difícil. El público era duro de pelar y hasta llegaron a decir que no éramos españoles. Hoy el público ya se ha acostumbrado a que el folclore no hay que maltratarlo, está mejor al natural", precisaba entonces. Barce se decantó por la música al considerar que era "el arte que más expresa abstractamente".

La muerte de Ramón Barce es una pérdida irreparable para la música. Se va un grande. Descanse en paz.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Entrevista a José Manuel Zapata, tenor




13/12/2008

"El Campoamor cambió mi vida"

José Manuel Zapata y el público ovetense se conocen bien. Desde su debut en 2002 con ‘Il turco in Italia’ hasta su última actuación en 2006 con ‘Il viaggio a Reims’, año en el que fue premiado como ‘tenor revelación’ en los Premios Líricos ovetenses, la carrera de este granadino de sonrisa perenne y contagiosa vitalidad ha sido meteórica. Vine de debutar en el Metropolitan con el mismo papel que presentará en Oviedo: el Conde de Almaviva de ‘El barbero de Sevilla’.


¿Se le puede seguir llamando ‘promesa’?

Ya no, eso se acabó. A mis 35 años ya no existen las ‘promesas’. Somos buenos o malos, pero las promesas son la gente del segundo reparto, con voces magníficas y todos jovencísimos, ya que ninguno pasa de los 30 años.

Entonces le llamaré ‘tenor rossiniano’…

(risas) Sí, por todo lo que he cantado podría decirse que sí. Rossini es el 90 por ciento de mi repertorio. No podemos decir que sea ‘belcantista’, porque he hecho muy poco de otro ‘bel canto’. Casi todo lo que he cantado ha sido Rossini.

¿Por qué no se considera belcantista?

No puedo considerarme un ‘belcantista’ del otro tipo, casi no he cantado Donizetti o Bellini, excepto algún título como ‘Don Pasquale’ o ‘La Sonámbula’.

Háblenos de su relación con el Campoamor

Le tengo un especial cariño. Siempre digo que debuté aquí como profesional, en 2002 con Alberto Zedda dirigiendo ‘Il turco in Italia’. Fue un giro radical. Este teatro cambió mi vida.

Su carrera meteórica va muy ligada a la figura del Maestro Zedda

Yo cantaba en el coro de Valencia, donde me dedicaba a cantar en diferentes conciertos con mis compañeros. Sí hacía talleres de ópera, pero no era un profesional. Zedda me llevó a la Academia de Pésaro, y pasar por allí supuso ir del cero al infinito. Con su apoyo ha ido llegando todo lo demás.

Hasta el Metropolitan

Ha sido la experiencia artística más importante de toda mi vida. Siempre que oigo la música del ‘Barbero’ me retrotraigo a ese momento. He cantado muchos ‘Barberos’ y cantaré muchos más, pero ninguno se podrá igualar a la sensación de cruzar el patio de butacas del Met para decir por primera vez “Fiorello… Olà…”.

¿Sensación de miedo o responsabilidad?

El ver 4500 personas en un teatro es muy impresionante. Pero la sensación es de responsabilidad. Allí han cantado los más grandes de todos los tiempos. El Metropolitan es el templo de la ópera. No hay ningún teatro con mayor importancia en el mundo. Aunque se considera a La Scala de Milán la Catedral, el Met es el ‘Bernabéu’.

Háblenos de la parte cómica del personaje de Almaviva

Es donde más a gusto me encuentro, por mi forma de ser. Siempre digo que es el personaje ideal para mí, porque en la ópera se disfraza, tiene que ser un borracho, imitar voces… como soy una persona muy alegre me veo más en este tipo de papeles que en los de galán.

Se podría decir que donde disfruta es al final del primer acto y al comienzo del segundo

Es que ahí nos lo pasamos bien todos los que estamos en escena. Más de una vez hemos tenido que parar los ensayos por las risas que a nosotros mismos nos provocaban determinados gags, que en esta puesta en escena son muy divertidos.

¿Qué opina del montaje de Mariame Clement?

Mi primer ‘Barbero de Sevilla’ fue vestido de abejorro, en Basilea. Después de eso me curé de espanto. Me he vestido de todo para salir a escena. La producción me parece inteligente, moderna y distinta a lo habitual. No se puede venir al teatro buscando trajes dieciochescos. La gente debe venir con oídos, corazón y alma abiertos, sin prejuicios que puedan distorsionar la experiencia. Luego les puede gustar más o menos, pero lo que es seguro es que todos vamos a dar lo máximo en el escenario para hacer la producción lo más creíble posible.

Además del apartado cómico, Almaviva exige mucho vocalmente

Sí, es una ópera donde se canta muchísimo. Excepto en un momento del primer acto, Almaviva no sale de escena. Aunque la ópera hace referencia en su título a Fígaro, el barbero, debería de llamarse ‘El conde Almaviva’.

El reparto principal aglutina a viejos conocidos

Somos amigos. Pietro Spagnoli (Fígaro) y yo cantamos juntos ‘La Scala di Seta’ en Berlín y ‘Don Pasquale’. Bruno de Simone (Bartolo) y yo coincidimos en ‘La Cenerentola’. Con Silvia Tro no había cantado nunca, aunque la conocía. Y por último está en Oviedo mi amigo del alma, Simón Orfila (Don Basilio). El ambiente es estupendo, y eso siempre ayuda.

¿Ha visto en acción al reparto joven?

Son chicos entusiastas, gente con muy buenas voces. Me han sorprendido mucho, por su homogeneidad y porque su calidad no desmerece en absoluto al primer reparto. Va a ser una gran sorpresa para el público. Poseen una frescura que con el paso del tiempo todos vamos perdiendo. Hasta yo, que hace muy poco tiempo estaba en su situación, ahora soy más reflexivo y busco el porqué de cada una de las cosas que hago. Su espontaneidad, emoción e inocencia juegan a su favor.


(Foto: Iván Martínez)

Fígaro vuelve al Campoamor




13/12/2008

Tras 10 años de ausencia del barbero Fígaro, el humor de Rossini vuelve a Oviedo con la ópera buffa por antonomasia. ‘El barbero de Sevilla’ promete calidad musical y diversión a partes iguales: cantantes contrastados, orquesta consagrada y director experto en el repertorio darán vida a la historia de ‘La inútil precaución’, todo ello con una escenografía que se vislumbra, cuanto menos, rompedora. Desde el estreno del próximo martes 16, las funciones se prolongarán los días 18, 20 y 22, con una novedad: el viernes 19 será el turno de un segundo reparto, formado por cantantes jóvenes debutantes en el teatro, que añade un nuevo valor a la producción que han realizado conjuntamente los teatros de Oviedo y Berna.

Foto: Ópera de Oviedo

El 20 de febrero de 1816 se estrenaba en el Teatro Argentina de Roma ’El barbero de Sevilla’ ante una audiencia hostil que tuvo intención de boicotearla desde los primeros acordes de la obertura. Desde el gallinero se levantaban voces, bufonadas, y chistes acerca del libreto de Cesare Sterbini. Además, silbidos, y en ocasiones algunos gemidos y ladridos, interrumpieron algunos de los números. El compositor dirigía la orquesta desde el teclado, tal y como era costumbre en las noches de estreno, y parecía imperturbable ante el alboroto, hasta el punto de levantarse a aplaudir a los cantantes al final de la obra.

El público de Roma interpretaba esta ópera como un acto de impertinencia, ya que la ópera de Paisiello, basada en el mismo argumento y estrenada en 1782, era considerada por los romanos aún entonces con especial reverencia. La obra de Rossini parecía querer provocar una confrontación entre lo viejo y lo nuevo en el marco de la ópera buffa. Evidentemente Sterbini y Rossini se cuidaron mucho en evitar cualquier similitud entre las dos óperas, e incluso las primeras representaciones de la obra de Rossini se hicieron bajo un título distino: ‘Almaviva, ossia l’ínutile precauzione’.

Por todo esto, el estreno de ’El barbero de Sevilla’ supuso uno de los mayores escándalos teatrales de la historia de la ópera. La leyenda habla de un contundente Basilio que dio un traspié y acabó con la nariz ensangrentada, y hasta de un gato negro que al parecer se subió al escenario. Lo que sucedió en realidad no se puede reconstruir con seguridad. Lo único cierto es que la ópera de Rossini tuvo un gran rechazo, a pesar de contar con cantantes de elevada categoría: Geltrude Righetti-Giorgi dio vida a Rosina, y el primer Almaviva fue el legendario tenor español Manuel García, también afamado como profesor de canto y composición.

Pese a estas vicisitudes el público no tardó en reconocer la calidad de la obra. ‘El barbero de Sevilla’ se convirtió en muy poco tiempo en una de las piezas preferidas en los escenarios de todo el mundo, y aún en la actualidad está considerada como la esencia de la ópera buffa. Ya Beethoven sentenció que “El barbero de Sevilla se seguirá representando mientras exista un teatro de ópera”.

El texto del ‘Barbero’ se basa en la obra de teatro homónima de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais (1732-1799), y es la primera de una trilogía sobre el personaje de Fígaro, que también halló fortuna en su segunda parte, a través de la ópera de Mozart ‘Las bodas de Fígaro’. La obra que completaría el tríptico teatral, ‘La madre culpable’ es hoy la más desconocida para el público

La inaudita popularidad de la obra se debió en parte a los exquisitos cantables del acto I, todos los cuales se han convertido en éxitos operísticos. A partir de la comedia de Beaumarchais, llena de alusiones políticas y sociales que en la versión musical fueron eliminadas, Rossini y Sterbini presentan situaciones y personajes concretos llenos de humor y energía. La electrizante salida a escena de Fígaro (“largo al factotum della città”) o la cavatina de Rosina (“una voce poco fa”) seducen tanto por su centelleante vitalidad como por el virtuosismo que exige a los intérpretes. Además nos encontramos con la inequívoca sensibilidad de Rossini para el humorismo musical. Un ejemplo clásico del refinamiento y el ingenio de los efectos orquestales de Rossini es el ‘Aria de la calumnia’ de Basilio, donde Rossini sigue fielmente al texto para describir el efecto de un bulo extendiéndose de un simple susurro hasta ser ‘vox populi’.

Además, esta ópera es una prueba del dominio orquestal de Rossini, caso único en toda la ópera italiana del siglo XIX. El musicólogo Luigi Rognoni comenta de ella: “Aunque aprovechó algunos modelos presentes en Las bodas de Figaro, Rossini los aplicó a la nueva realidad social del hombre surgido de la Revolución Francesa. El espíritu de la burguesía aparece vívidamente retratado en El barbero de Sevilla. Los personajes de Beaumarchais adquieren un nuevo ritmo, una psicología todavía más terrena y realista: son el espejo de la cotidianidad”.

‘El barbero de Sevilla’ subirá por decimosexta vez a las tablas del Teatro Campoamor en una nueva producción del Stadt Theater Bern y la Ópera de Oviedo, dirigida escénicamente por la directora franco-iraní Mariame Clement. Promete ser rompedora, actual e incluso no exenta de polémica, ya que traslada la acción a una consulta de dentista, que se supone del ‘doctor’ Bartolo. Esta propuesta escénica trata, ante todo, de potenciar los aspectos humorísticos del texto de Sterbini y conectar con un público joven.

Al frente del reparto masculino encontramos a dos auténticos expertos en Rossini: el granadino José Manuel Zapata en el papel del Conde de Almaviva (‘tenor revelación’ en los Premios Líricos del Campoamor en 2006), y el italiano Pietro Spagnoli, uno de los ‘Fígaros’ más demandados y valorados del panorama internacional. La parte femenina queda bien cubierta con la Rosina interpretada por la mezzosoprano valenciana Silvia Tro Santafé, otra voz acostumbrada a las exigencias del compositor de Pésaro.

La OSPA vuelve al foso del Teatro Campoamor, bajo la batuta del valenciano Álvaro Albiach, experto en repertorio rossiniano, y que ya actuó en el Campoamor al frente de la dirección musical de ‘Il viaggio a Reims’ en 2006. La principal novedad de este cuarto título de la temporada es la introducción de una quinta función el próximo viernes con un reparto joven, que trata de presentar nuevas voces al público ovetense, con las localidades a precios reducidos.