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jueves, 14 de febrero de 2013

Notas al programa, OSPA (Wagner: Murmullos del bosque | Schumann: Concierto violoncello | Beethoven: Pastoral)



Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias
Notas al programa
Concierto de Abono 6 (14-15 de febrero de 2013)




Wagner. Sigfrido: Murmullos del bosque 

Sigfrido, tercer título de la tetralogía wagneriana, presenta un interesante trabajo de entretejido de los leitmotiven y las ideas aparecidas a lo largo del magno opus del compositor sobre la leyenda del Anillo. Mucho de este trabajo versa sobre el conflicto entre el Nibelungo Mime y Sigfrido. Mime ha planeado ayudar a Sigfrido arreglando la espada de su padre, rota por Wotan en el combate con Hunding, y de este modo permitirle atacar al dragón Fafner y hacerse con el anillo.

En la entrada de la cueva de Fafner, Alberich y Wotan buscan a la bestia para advertirle del inminente peligro sin éxito. Sigfried llega hasta el lugar guiado por Mime y cuando se queda solo escucha el murmullo del bosque y el canto de un pájaro, que no puede imitar con su flauta. Durante la interpretación de una balada con su trompa despierta al dragón, que morirá durante la pelea siguiente. Durante la lucha Sigfrido se quema la mano con la sangre del dragón e instintivamente se la lleva a la boca. Probando esa sangre se da cuenta de que al fin puede entender el canto del pájaro, que le advierte del peligro que corre junto a Mime (que había preparado un veneno para acabar con él una vez terminada esta empresa). En consecuencia el héroe termina también con la vida de Mime y el pájaro del bosque le habla del amor y de Brünnhilde, a quien debe rescatar.

La versión orquestal de estos llamados “Murmullos del bosque” nos muestra a Sigfrido descansando bajo un tilo cerca de la cueva de Fafner, antes de la lucha con el dragón, reflexionando sobre el indescifrable para él –al menos en ese momento– canto de los pájaros.




Schumann, Concierto para violonchelo en La menor, Op. 129

Robert Schumann puede parecer un típico compositor producto de la época que le tocó vivir, aunando en su figura la gran mayoría de las características del romanticismo, tanto en su música como en su propia vida. Nacido en Zwicjau en 1810, hijo de un librero, editor y escritor, mostró desde niño interés por la literatura hecho que le haría granjearse un nombre como escritor y editor de la publicación musical Neue Zeitschrift fur Musik, lanzada en 1834.

Tras un periodo en la universidad, cuyo único fin para nuestro autor era el de satisfacer las ambiciones de su viuda madre, donde continuó mostrando su vocación diletante, Schumann se centró más en el aspecto musical bajo la tutela de Freidrich Wieck, famoso profesor que había dedicado durante mucho tiempo todas sus energías en la formación de su hija Clara, una pianista de temprano y prodigioso talento.

El romance entre ambos condujo a la boda en 1840, para disgusto de Friedrich. Comenzaba entonces un periodo en el que la carrera de Clara como pianista y compositora debió de conciliarse con su papel como esposa amantísima, y madre de los hijos que Robert ansiaba. Problemas físicos en sus dedos hicieron que Schumann abandonase la idea de convertirse en un afamado concertista de piano, pero le llevaron a volcarse de lleno en su faceta de compositor.

Y fue en este periodo, donde la composición centraba su vida por completo, cuando Schumann acometió la escritura de este concierto para violoncello en 1850, descrito en un propio catálogo como Konzerlstuck. Fue realizado durante su primera estancia en Düsseldorf, coetáneamente a la composición de su tercera sinfonía, la “Renana”. El compositor conocía los rudimentos del instrumento, ya que comenzó a tocarlo veinte años atrás, cuando se vio obligado a abandonar sus aspiraciones como pianista profesional.

El registro grave del cello suele provocar ciertos problemas en los compositores, ya que con frecuencia es silenciado por la orquesta. Este aspecto es inteligentemente evitado por Schumann en su orquestación, lo que, sin embargo, ha sido fuertemente criticado en ocasiones, llevando a ciertos autores a tratar de reorquestar la pieza de modos considerados más ‘interesantes’, si bien nunca han llegado a imponerse a la escritura original.

Acordes en el viento madera y pizzicati en las cuerdas abren el concierto, para de inmediato ceder el protagonismo al solista acompañado por discretas figuras en violines. El compositor nos presenta un primer tema de una fuerte carga romántica en esta presentación del violoncello, que dará paso al primer gran tutti orquestal que rápidamente será respondido de nuevo por el solista. Estamos ante un material de marcado carácter rapsódico, que será desarrollado a lo largo de los dos temas que conforman este primer movimiento.

Parece ser que a Schumann no le gustaba nada el que el público aplaudiese entre las secciones, por eso construyó este concierto sin solución de continuidad entre los tres movimientos que lo conforman. Lejos de terminar con el habitual estallido triunfal, el primer movimiento se va apagando lentamente en una coda paradigma del anticlímax, buscado para enlazar con el segundo movimiento, una expresiva pieza central que como mandan los cánones se desarrolla en tempo lento. El violoncello jamás deja de ser el protagonista, en este plácido, aunque breve, interludio, cargado de fuerza melódica que demuestra la capacidad inventiva del autor. Esta construcción sirve de asueto para enfrentar el finale, que, de nuevo sin descanso, es lanzado de manera sutil por el solista a través de una breve melodía que poco a poco irá cargándose de tensión y energía.

El último movimiento recupera los materiales ya escuchados para desarrollar una exigente escritura solística, plena de virtuosismo, que avanza inexorable hacia la cadencia final acompañada y un final ahora sí empático y triunfal.





Beethoven, Sinfonía nº 6 en Fa M, Op. 68 “Pastoral”

Cuando Beethoven escribe en el programa de la primera interpretación de su sexta sinfonía “más expresión del sentimiento que pintura sonora” parece querer distanciarse de la corriente romántica que abogaba por piezas características y pintorescas, mitigando la carga descriptiva de los títulos asignados a los movimientos: “Despertar de apacibles sentimientos al llegar al campo”, “Escena junto al arroyo”, “Animada reunión de los campesinos”, “Trueno y tempestad” y “Sentimientos de benevolencia y agradecimiento hacia la Divinidad después de la Tempestad”.

Pese a lo que pueda parecer, Beethoven era muy reticente a la utilización de referencias literarias en la música instrumental, de ahí que la indicación de “más sentimiento que pintura” no fuese la única que trataba de dejar claras sus intenciones. Entre sus materiales autógrafos se pueden encontrar afirmaciones tales como: “Una persona que tenga alguna idea sobre la vida campestre puede descubrir la intención del compositor sin que se relacione demasiado con los títulos”.

La Pastoral bebe claramente de las fuentes de Haydn, y en concreto de sus Estaciones, para conformar el lenguaje utilizado por Beethoven a lo largo de la sinfonía. Sin embargo, el compositor, fiel a su estilo, va siempre más allá, buscando alcanzar los límites de la forma musical cada vez más alejada del modelo de sonata clásica, como una evasión hacia la libertad del campo dentro de la encorsetada vida industrial que en las ciudades comenzaba a cobrar protagonismo.

En efecto, esta composición evoca esos anhelos pastorales, esas ansias de liberación idealizadas en la naturaleza libre y cambiante, donde las descripciones de murmullos de arroyos, cantos de pájaros, tormentas y música campestre están inequívocamente presentes. Si bien la estructura en cinco movimientos sí suponía una revolución en el panorama sinfónico, instrumentalmente la plantilla –aunque difiere en cada uno de los cinco movimientos– no aporta grandes novedades con respecto a las obras sinfónicas anteriores del autor. Para los movimientos más líricos (el primero, el segundo y el quinto), Beethoven utiliza una orquesta sinfónica clásica más bien pequeña: 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 cornos, y la habitual sección de cuerdas. Para el tercer movimiento, a ellos se suman 2 trompetas, y para incrementar la efectividad de la tormenta del cuarto movimiento, Beethoven agrega 2 trombones, timbales y piccolo.

Lo más sorprendente del primer movimiento es su plácida quietud. Beethoven aplica la idea de repetición inalterada, buscando un claro impacto en el espectador por lo inusual de su utilización, en un procedimiento que aún hoy está presente en las composiciones contemporáneas. Escuchándolo cuesta creer que proviene de la misma mano y del mismo año en el que fue escrita la exaltada Quinta Sinfonía. Tal y como apunta Leon Plantinga en traducción de la doctora Celsa Alonso, “el efecto dominante, especialmente en el primer y el último movimiento, se consigue a través de la repetición deliberada de motivos apacibles, que consiguen una superficie melódica extática que atrae la atención del oyente sobre una serie de delicadas variaciones armónicas de riqueza colorística”.

Donald Tovey ha llegado a describir el segundo movimiento como “perezoso”, y podemos estar seguros de la intencionalidad de esa pereza. Beethoven parece disfrutar  de la somnolienta paz y la detallista recreación de paisajes sonoros, que culmina con un excelso catálogo de cantos de aves: el ruiseñor (flauta), la codorniz (oboe) y finalmente el cuco (clarinete).

El ritmo de danza aparece con el tercer movimiento, que a modo de scherzo nos presenta melodías rústicas y ritmos alegres en un claro predominio de los vientos y una aparente sencillez, al menos en apariencia. Sin embargo la diversión se verá alterada por los oscuros presagios de tormenta que se verán confirmados en el cuarto movimiento.

Funcionando como un preludio del finale, el cuarto movimiento es el que rompe el esquema clásico de sinfonía en cuatro movimientos. La tormenta aparece sin dar descanso, sin pausa entre movimientos. Beethoven hará de las tres últimas piezas un todo musical presentándolas de continuo, culminado en el finale con la vuelta a la calma y la placidez con la que habíamos comenzado.




miércoles, 14 de marzo de 2012

Notas al programa, OSPA (Montsalvatge: Sinfonía de Requiem - Beethoven: Sinfonía nº 3 en Mi bemol Mayor, Eroica)



Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias
Notas al programa
Concierto de Abono 7 (15-16 de marzo de 2012)

Xavier Montsalvatge: Sinfonía de Réquiem

En 2012 se cumple el centenario del nacimiento y el décimo aniversario de la muerte de Xavier Montsalvatge (Gerona, 11 de marzo de 1912 - Barcelona, 7 de mayo de 2002). En un país tan proclive a despreciar lo propio, no sorprende que la efeméride no haya sido tratada en los medios con la atención merecida. Sin embargo, su figura es indispensable para entender la música española en el siglo XX.
Autor polifacético, compositor y crítico musical, la influencia de la tradición musical catalana marcará su formación y su impronta será reconocible a lo largo de toda su producción: Jaime Pahissa, Eduardo Toldrá o Luis María Millet fueron formando la personalidad musical de un compositor que pronto se vio fascinado por el dodecafonismo y el wagnerianismo, bandera de la música catalana por entonces. Montsalvatge se encuentra profundamente ligado al Conservatorio Municipal de Barcelona, una institución en la que ingresó como alumno para más tarde convertirse en profesor e incluso llegar a ocupar la cátedra de composición desde el año 1978.
Su evolución como autor fue enorme durante estos años, pasando por diversas etapas, en las que destaca su interés por la música antillana (sus famosas Cinco canciones negras compuestas en 1945 son fruto de estos años) o la politonalidad, a la que se acercó a través de sus amistades con compositores franceses como Olivier Messiaen o Georges Auric. Además, su labor de difusión de la música a través de sus publicaciones en La Vanguardia o la Revista Destino hoy resulta esencial a la hora de comprender la sociedad y el ambiente musical de la segunda mitad de siglo.
Ecléctico y muchas veces inclasificable, en su vasto catálogo encontramos óperas (El gato con botas, Una voce in off, Babel 46), zarzuelas (El patio de los rosales, La boda de Reyes Castillo), música de cámara, obras corales, piezas solísticas y hasta música cinematográfica: su partitura para la película Dragon Rapide (Jaime Camino, 1986) incluso llegó a estar nominada para los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (los Goya) del año siguiente, aunque finalmente la estatuilla del ‘cabezón’ la levantó el grupo gallego Milladoiro por su música para La mitad del cielo (Manuel Gutiérrez Aragón, 1986).

Por supuesto, un pilar fundamental de su catálogo son sus composiciones para orquesta, categoría donde se enmarca la que hoy vamos a escuchar: su Sinfonía de Réquiem. Fue estrenada el 19 de septiembre de 1986 dentro del II Festival de Música Contemporánea de Alicante, con la voz de María Villa (soprano) y la Orquesta de la Radio de Belgrado, bajo la dirección de José Luis Temes. Se trataba de un encargo que el Ministerio de Cultura realizó al compositor tras haberle concedido en 1985 el Premio Nacional de Música, con el objeto de conmemorar el año europeo de la música. Nos encontramos ante un “réquiem sin palabras”, como lo definía el propio autor, si bien Montsalvatge introdujo al final la voz de una soprano, que opcionalmente puede o no utilizarse en el concierto, ya que únicamente se le confían unas palabras en los compases finales, si bien esta breve intervención está llena de fuerza dramática.
Lo ambicioso de buscar la abstracción orquestal para un texto tan poderoso como el escogido la convirtió desde su estreno en una de las obras más interesantes y mejor valoradas de su autor. Él mismo aseveraba en unas declaraciones recogidas por Antonio Fernández-Cid: “Quería dar forma, de alguna manera, a una creación dictada por el espíritu de la misa de réquiem, sin acudir directamente al texto latino de sus rezos, basándome menos en el sustrato religioso que en la elocuencia expresiva y dramática de cada uno de los seis responsos a los que me circunferí para lograr un cántico sin palabras de sosiego y esperanza”.
Pese a dividirse en seis invocaciones o movimientos sinfónicos (Introitus, Kyrie, Dies Irae, Agnus Dei, Lux Aeterna y Libera me), éstas se interpretan sin solución de continuidad a lo largo de los aproximadamente treinta minutos que dura la pieza. Sin perder nunca el contacto con la tradición, el público puede situarse a través de las citas de las melodías gregorianas, la más clara de ellas, también por ser la más conocida, la otorgada a los metales en el Dies Irae (el compositor se sirve de toda la tradición musical occidental que asocia la muerte a estos instrumentos).
Como si de música programática se tratase, el propio autor estableció el esquema de las seis piezas (de nuevo nos servimos de las declaraciones del autor llevadas al papel por Fernández-Cid): “Cada una de ellas afirma el sentimiento que emana de los textos latinos: la serenidad del Introitus y del suplicante Kyrie enlazan con la tensa respetuosidad del Dies Irae, contrastando con la tersura estética del Agnus Dei, la meridiana claridad del Lux aterna y conduciendo al conclusivo Libera me, un cántico sin palabras de súplica y esperanza”.




Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 3 en Mi bemol Mayor, “Eroica”

Heroica en su concepción, desafiante en su duración, descomunal en su orquestación, inmensa en su riqueza temática… Todo era excesivo en la presentación privada de la nueva sinfonía de Beethoven, en los salones del palacio del príncipe Joseph Franz von Lobkowitz, probablemente hacia el mes de agosto de 1804. La primera ejecución en público de la nueva sinfonía del músico de Bonn tuvo lugar en el Theater an der Wien de Viena el 7 de abril de 1805 con el compositor a la batuta.
Suponía un golpe en la mesa, el aldabonazo definitivo al pasado clásico y el comienzo de la era romántica en la música. Beethoven era su nuevo abanderado, y esta composición confirmaba la hegemonía en Viena de aquel músico llegado a la ciudad en 1792 que seguía mostrándose tosco y más bien torpe socialmente, cualidades a las que no ayudaba su apariencia que, como define su biógrafo Alexander Wheelock Thayer, era poco atractiva: “pequeño, delgado, de aspecto lúgubre, con marcas de viruela, ojos oscuros… Sus dientes paletos, debido a la lisura del cielo de la boca, eran salientes […]. Además, la nariz era bastante ancha y decididamente chata, la frente era marcadamente amplia y redonda (en palabras del Secretario de la Corte Mähler, quien pintó dos retratos suyos, una almendra)”.
De la anécdota que explica el repentino cambio de la dedicatoria a Napoleón una vez que el compositor vio el tirano en se había convertido su admirado revolucionario se ha hablado tanto que la dejaremos en este breve apunte. Sin embargo, el carácter épico de su música pervivió al objeto de su composición, presentándose como la sinfonía (probablemente) más larga de las escritas hasta entonces. Lo que sí es seguro, como asegura León Plantinga, es que se trata de la primera de una serie de composiciones que inspiraron e intimidaron, asimismo, a los sucesores de Beethoven.

I. Allegro con brio
Beethoven se sirve del esquema de sonata clásica para, siempre a su manera, romper con todas las leyes establecidas. Nos encontramos ante un primer movimiento desafiante, altivo y pretendidamente iconoclasta. Desde la decisión de orquestar utilizando tres trompas (lo canónico hubiese sido utilizar dos) hasta sus poderosos y extensos clímax, el autor establece las bases del denominado “segundo estilo” en su producción, si bien se considera a la Cuarta Sinfonía una vuelta al primero, mucho más clásico.
Los dos poderosos acordes que nos sitúan en el Mi bemol Mayor y atraen nuestra atención nos llevan a un primer tema extraño para la época: sobre el papel no es más que un acorde arpegiado, una serie de ideas aparentemente inconexas e incompletas que, sin embargo, de manera tan natural como sorpresiva, van estableciendo el material temático. Pero poco de eso importa. Beethoven añade un nuevo desafío al oyente: el resquebrajamiento de la métrica. El acompañamiento sincopado y los desplazamientos de acento en forma de hemiolias se contraponen a una línea melódica regular, imperturbable. La violencia de los acordes y la intensidad rítmica contrasta con la pretendida dulzura de un nuevo material en los vientos, igualmente inconexo a primera vista, pero de nuevo tan orgánico (palabra clave para entender la música beethoveniana) que fluye inexorable.
El desarrollo conlleva una nueva sorpresa: la introducción de un aparente tercer material temático en el oboe que en un análisis más concienzudo se descubre sin problemas como una variación de lo ya presentado en la exposición. Sin embargo este procedimiento sentará las bases para futuros sinfonistas que se han servido de un tercer tema, como Anton Bruckner. La preceptiva recapitulación viene precedida de una llamada de la trompa solitaria con el motivo inicial, cuatro compases antes de la entrada del material temático inicial al completo. Desafío o broma, lo cierto es que en su estreno llevó a equívoco incluso al discípulo de Beethoven, Ferdinand Ries, que lo cuenta así: “El estreno de la sinfonía fue terrible, pero el trompista hizo bien lo que tenía que hacer. Yo estaba sentado cerca de Beethoven y, creyendo que había entrado mal, le dije: «¡Condenada trompa! ¿Acaso no sabe contar? Esto suena espantosamente mal». Pensé que mis oídos se iban a desencajar. Beethoven no me lo perdonó durante mucho tiempo”. La coda, llena de procedimientos típicos de una sección de desarrollo, aumenta la tensión hasta terminar con la brusquedad con la que se inició la sinfonía.

II. Marcha fúnebre (Adagio assai)
Hans von Büllow se quita sus guantes blancos y se enfunda un par negros para dirigir el segundo movimiento de la Eroica. Esta manera de entablar una relación con el público a través de discursos externos y complementarios a la obra que interpretaba, tan característica del excéntrico director alemán, ilustra perfectamente el cambio de carácter de la sinfonía. Tras el fragor de la batalla, tras la exaltación del héroe, llega el turno del treno funerario, del homenaje a los caídos. Escrita en Do menor (relativo del Mi bemol Mayor del primer movimiento), posee un pretendido estilo republicano, con reminiscencias de la obertura francesa en sus solemnes puntillos, y se relaciona directamente con los trabajos similares de compositores galos como François Joseph Gossec o Etienne-Nicolas Méhul.
Su reconocimiento individual, desgajada de la sinfonía, ha llevado a esta marcha fúnebre a ser utilizada en el funeral del presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt (dirigida por Serge Koussevitzky) o del director Arturo Toscanini (con Bruno Walter a la batuta).

III. Scherzo
La Eroica avanza de obra maestra en obra maestra por cada uno de sus movimientos. Llega el turno al scherzo, el más breve de todos ellos, aunque igualmente reconocido individualmente, principalmente por el papel solista de las tres trompas en el trío central, donde, en un nuevo gesto desafiante, Beethoven se regodea en su revolución de introducir, como ya comentamos, una más de las hasta ese momento habituales en la orquesta clásica.

IV. Finale (Allegro molto- Poco andante- Presto)
Un ciclón en las cuerdas, que desemboca en violentos acordes en la dominante del tono principal del movimiento cargan de tensión los primeros quince segundos de un Finale que juega sus cartas desde el principio. Volvemos al procedimiento del principio de la sinfonía: material temático fragmentado que poco a poco, de manera orgánica, va construyendo un discurso musical pleno de sentido. El compositor funde la forma de tema y variaciones con los procedimientos del rondó tradicional, tomando como base un tema que utilizó en diversas ocasiones (en su ballet Las criaturas de Prometeo, en una de las Contradanzas WoO 14 y como tema para las Variaciones para piano Op. 35 (conocidas como Variaciones Eroica). La acumulación progresiva de tensión desemboca en un poderoso final. El necesario para una poderosa sinfonía.


Alejandro G. Villalibre

sábado, 17 de septiembre de 2011

‘El Murcielago’, opereta para salir de la crisis







17/09/2011


Cuando la Ópera de Oviedo anunció su intención de programar ‘El Caballero de la Rosa’ de Richard Strauss, y anunció el potente casting que se encargaría de subirla a las tablas del Teatro Campoamor, las ilusiones de muchos aficionados se depositaron en esta producción de una de las obras cumbre de comienzos del siglo XX, aún inéditas en nuestra ciudad. Desafortunadamente –cosas de la crisis- la ciudad ha tenido que renunciar a ello, como a tantos otros proyectos, por lo elevado del coste. Y así, ‘El Caballero de la Rosa’ de Richard Strauss fue sustituido por ‘El Murciélago’, opereta de Johann Strauss II en la que el reparto estará encabezado por Mariola Cantarero y Gabriel Bermúdez, con la OSPA en el foso bajo la dirección de Eric Hull y escenografía de Mario Pontiggia. Esta historia cómica, basada en ‘Le Réveillon’ de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, abre la temporada 2011- 2012 desde mañana, y durante cuatro funciones, los días 18, 20, 22 y 24.

Johann Strauss II ya había alcanzado una notable fama con sus valses y polcas, un género que le reportó sus mejores réditos artísticos y económicos y que aún hoy le reconoce como su principal referente. Sin embargo, sus inquietudes artísticas le llevaron a volcarse en la música para la escena a los 45 años, una edad relativamente tardía, buscando un éxito que se haría esperar. El compositor vienés presentó ‘Indigo’ en 1871 y ‘El Carnaval de Roma’ en 1873, obras que, sin ser un fracaso estrepitoso, tuvieron un paso más bien discreto por el teatro. Sin embargo,  en 1874 Strauss se embarcó en la escritura de un nuevo título, basado en la pieza teatral ‘Le Réveillon’ (conocida en España como ‘La cena de Navidad’) de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, pareja de libretistas conocidos por haber escrito el texto de la ‘Carmen’ de Bizet, y cuya pieza, originalmente escrita para Jacques Offenbach y rechazada por el compositor francés, fue rescatada por Johann Strauss, convirtiéndose en el actual ‘Murciélago’, tras la revisión del mismo y la traducción al alemán por parte de Karl Haffner y Richard Genée.

Haffner y Genée refundieron ‘Le Réveillon’ por completo y quitaron aspectos de la obra ajenos al mundo de la Europa central profundizando en los asuntos más humanos de la obra teatral de Meilhac y Halévy. De esta forma ‘El Murciélago’ pasa a convertirse en una comedia típicamente vienesa, con unos personajes que no conocen las buenas intenciones, corroídos como están por la malicia y el regocijo ante el mal ajeno.

Pese a que los tiempos no eran los más propicios (Austria vivía sumida en una crisis tras el derrumbe de la bolsa de Viena en el célebre ‘Viernes Negro’) el 5 de abril de 1874 se estrenaba con sólo 17 representaciones. Más suerte corrió en Alemania: en Berlín alcanzó las 300 representaciones en sólo cuatro años. Actualmente la popularidad del ‘Murciélago’ como obra divertida y desenfadada, pero de desbordante calidad musical, la convierten en un título imprescindible de un género –la opereta- íntimamente ligado a la zarzuela española, con la que comparte los aires populares, las partes habladas y el espíritu festivo.

Cualquiera que sea el género en que se sitúe ‘El Murciélago’, es la culminación de la opereta. La Hofoper de Viena, y de acuerdo con ella muchos otros grandes templos de la lírica, la declararon ópera cómica para poder incluirla en su programación. Posee una celebérrima obertura que se ha ‘independizado’ como pieza de concierto, así como brillantes partes para los solistas, exhibiendo por momentos grandes exigencias a la altura de cualquier ópera. Tanto es así que esta composición ha quedado retratada por una célebre frase del compositor y director Felix von Weingartner,  “El Murciélago no es la mejor opereta. Es la opereta. De esta manera, se ha convertido en un ‘imprescindible’ de la cartelera de fin de año de los teatros austriacos, y también de algunos del extranjero, como el Metropolitan de Nueva York o el Covent Garden de Londres.

La obra de Johann Straus II –paradigma de la opereta vienesa- se caracteriza por su música refinada, ligera e imaginativa y por sus bellas melodías y una orquestación brillante, además del predominio de los ritmos de danza clásicamente vieneses.

La acción se sitúa en la Viena del siglo XIX, y gira en torno la venganza maquinada por el doctor Falke contra su amigo Eisenstein por haberle dejado, después de una fiesta de disfraces, abandonado en plena calle, borracho, a plena luz del día y vestido de murciélago. Varios enredos amorosos, juegos de seducción y de cambio de identidades juegan un papel fundamental en la obra para la que, en la versión que mañana se verá en el Campoamor, firmada por Mario Pontiggia, se ha optado por traducir todas las partes habladas al castellano e introducir varios números de otras conocidas composiciones teatrales –tanto líricas como de ballet- en la gala que se desarrolla dentro de la acción del libreto.

Una de las principales atracciones de las funciones será el debut de la soprano Mariola Cantarero en el papel de Rosalinda. La soprano granadina ya conocía la ópera, por haber interpretado el papel de la criada Adele. Sin embargo, su presentación en el rol principal de ‘El Murciélago’ se producirá en Oviedo, una ciudad a la que se encuentra muy ligada, tanto en temporada de ópera como de zarzuela, al igual que su compañero, el barítono Gabriel Bermúdez.

La dirección musical corresponderá al maestro canadiense Eric Hull quien, pese a ser más conocido por su labor musicológica en el repertorio barroco, es una batuta habitual en teatros como La Scala, La Fenice o el Teatro Real de Madrid. En el foso del Teatro Campoamor, su última aparición fue en 2006, con la ópera de Mozart ‘Così fan Tutte’.



 
Die Fledermaus (El Murciélago)

Música de Johann Strauss II (Viena, 1825-1899)

Libreto de Richard Genée, basado en la comedia Le Réveillon de Henri Meilhac y Ludovic Halévy.

Opereta cómica en tres actos (RV 503).

Estrenada en el Theater an der Wien. Viena, 5 de abril de 1874.

Producción de la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria.


PERSONAJES E INTÉRPRETES



Gabriel Von Eisenstein: Gabriel Bermúdez

Rosalinde: Mariola Cantarero

Adele: Chen Reiss

Dr. Falke: Peter Edelmann

Dr. Blind: Francisco Vas

Frank: Enric Martínez – Castignani

Príncipe Orlofsky: Jossie Pérez

Alfred: Albert Casals

Frosch: Joaquín Carballido

Ida: Rocío Martínez

La Pianista: Ludmila Orlova





Dirección musical: Eric Hull

Dirección de escena, diseño de escenografía y vestuario: Mario Pontiggia

Diseño de iluminación: Eduardo Bravo

Coreografía: Claudio Martín

Dirección del Coro: Patxi Azpiri

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias
Coro de la Ópera de Oviedo




Funciones: 18 (18 horas), 20, 22 y 24 (20 horas) de septiembre. Teatro Campoamor de Oviedo




jueves, 7 de julio de 2011

Los mejores momentos de la Temporada según... Alejandro G. Villalibre


VARIEDAD.

Variedad en las batutas, que han hecho que los aficionados disfrutemos con tantos puntos de vista, y que han mantenido a la orquesta en un nivel altísimo de concentración y calidad. Y, sobre todo, variedad en el repertorio. Han sido muy de agradecer todas aquellas obras ofrecidas que se alejaban de lo conocido, presentando nuevos autores, y nuevas corrientes que hoy en día son muy necesarias para revitalizar grandes ciclos como una temporada de este tipo.

Por supuesto, el estreno de De la eternidad concéntrica de Estelche, o la Musique des tables de Mei han sido los más sonados. Pero hemos escuchado una maravillosa Cuarta Sinfonía de Pärt, la interesante De la belleza inhabitada de Santacreu, los dificilísmos Conciertos para violín de Szymanowski a cargo del gran Zimmermann o las divertidas Danzas concertantes para guitarra y orquesta de Sierra. Sin olvidar obras de Grondahl, Schnittke, Cruixent, Rousell, Britten, Revueltas... que han puesto el listón altísimo para la temporada que viene.

Lo mejor de esta variedad es que los 'clásicos' no han quedado relegados al olvido. Haydn, Mozart, Brahms, Tchaikovsky, Mahler o Falla han sonado en el Auditorio este año, demostrando que un largo año se puede hacer muy corto si el público se sorprende semana a semana.

sábado, 7 de mayo de 2011

Entrevista a Israel L. Estelche, compositor, ganador del concurso de composición de la OSPA





07/05/2011

“Es necesario apoyar la creación musical sin ningún tipo de miedo”

Israel López Estelche (Santoña, 1983) es un compositor consagrado ya en Oviedo, donde ha presentado muchas creaciones suyas, pero también en toda España, donde sus estrenos son cada vez más frecuentes. En febrero resultó ganador del concurso de composición que la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias convocó para celebrar los XX años de la formación. El próximo jueves, con motivo del concierto conmemorativo de la efeméride, la orquesta estrenará esta pieza de algo más de diez minutos que, bajo el nombre de ‘De la eternidad concéntrica’, consiguió convencer al jurado, el cual destacó su “innovación”: una composición “ambiciosa y compleja, tanto para el maestro como para la orquesta”.

El nombre ‘De la eternidad concéntrica’ sorprende ¿de dónde surge?

Es una forma poética de describir un proceso compositivo que aparece al comienzo de la obra. Las primeras estructuras generan una articulación rítmica basada en la intensidad.

¿Cómo se consigue hacer rítmica con la intensidad?

A través de fragmentos musicales que se repiten en diferentes instrumentos, en diferentes momentos y a diferentes intensidades. De esta manera, en un lugar de la orquesta puede estar sonando suave, pero en el opuesto, el ataque fuerte sigue creando la ilusión de la rítmica.

¿De dónde surge la idea de esta composición?

Se podría considerar como el fin de un proceso bastante largo, que comenzó con una obra para guitarra que nunca se llegó a estrenar, y que más tarde adapté a la forma de concierto para marimba. Ésta segunda versión también está inédita y es ahora, al reutilizar aquellas ideas para una composición orquestal, cuando he podido presentarla.

¿Qué se va a encontrar el espectador?

La primera parte, la que da título a la obra, podría considerarse más textural, sin embargo, la segunda parte tiene un fuerte componente tonal, lo que no quiere decir que lo sea. Por supuesto, se van a encontrar también melodías, no renuncio a ellas. Pero todo trato de presentarlo desde una forma renovada.

Los estrenos orquestales no son muy frecuentes en España…

Hay orquestas que tienen una política de estrenos, pero por lo general es necesario que se apoye la creación española sin miedo. La música contemporánea no es sólo el radicalismo de Boulez o Stockhausen, por poner dos ejemplos extremos. Hoy en día se favorece mucho la escritura orquestal, y se tiene en cuenta las posibilidades de los instrumentos y, sobre todo, al público.

¿Es el caso de su obra?

Se podría decir que sí. Uso procesos de vanguardia, como el espectralismo, y aporto todo el bagaje de mis años de estudio en ella, pero es una composición sólida y, espero, fascinante al oído del espectador medio.

La OSPA ‘arropa’ su obra con otras más conocidas para atraer al público. ¿Eso devalúa su creación?

Poco a poco se irán asimilando programas más homogéneos con música plenamente contemporánea. Hoy en día hay que conformarse con aparecer al comienzo de los programas, a modo de obertura, lo que ya es todo un logro. En el concierto hay obras del siglo XXI (Estelche), del XX (Falla) y del XIX (Brahms), es un repaso muy interesante.

¿Cuáles son sus expectativas con respecto a su obra y la interpretación de la OSPA?

Tengo la certeza absoluta de que voy a salir contento del concierto. He visto muchas veces a la OSPA interpretar de forma magistral música contemporánea. Además, la batuta del maestro Valdés es segura. Es un director con una técnica extraordinaria. Pocos hay que tengan una capacidad tan grande de asimilación de la partitura con una lectura.

En su próximo proyecto a nivel nacional también hay una fuerte implicación Asturiana…

Así es. En el mes de junio estrenaré y grabaré para Radio Clásica una cantata en una iglesia desacralizada en Alarcón (Cuenca). Se trata de un proyecto auspiciado por la UNESCO, ya que el lugar está lleno de murales del pintor Jesús Mateo. Tanto los músicos como el coro viajarán desde aquí, estrenarán la obra en el lugar para el que ha sido creada, que tiene unas características sonoras muy especiales, y a partir de septiembre la presentarán en diversas ciudades de España.

¿Qué opinión le merece la programación de música ‘clásica’ de Oviedo?

Es muy atractiva. Sobre todo las Jornadas de Piano, que traen a los más grandes intérpretes a la ciudad. Además, los conciertos del Auditorio también presentan interesantes formaciones, igual que los conciertos de la Sociedad Filarmónica. La temporada de ópera es una de las más longevas e importantes de España, y la de zarzuela es también una garantía de calidad.

¿Qué echa en falta?

Hay que sacar a Oviedo del siglo XIX. Poco a poco se va consiguiendo programando obras cada vez más actuales, y si al público se le informa debidamente y, sobre todo, se le ofrece calidad, siempre lo va a agradecer. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer en esta ciudad.

Usted tiene un pasado como batería ¿cómo ve el trato del Ayuntamiento hacia las músicas populares?

La programación es escasa. Y se está coartando mucho más con iniciativas como las de prohibir conciertos en bares y clubes que han hecho mucho por la música de calidad en esta ciudad. Hace falta mucho más apoyo, más licencias y, sobre todo, coherencia. No se puede pretender que vaya gente a un concierto en un bar si el Ayuntamiento obliga a terminarlo a la hora a la que debería de comenzar.



(Foto: Iván Marínez- Oviedo Diario)



NOTICIA:

La OSPA celebra sus XX años con un estreno y dos clásicos

En 1991 se constituía la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, heredera de la antigua OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias), y ofrecía su concierto de presentación el 12 de mayo de ese mismo año. Veinte años después, otro 12 de mayo verá a la Orquesta celebrar su cumpleaños de la mano de su antiguo Director Titular, Max Valdés, y con una particularidad: será la primera vez que la Orquesta presente una obra escrita ex profeso para un concurso de composición convocado por la entidad. Esta nueva composición, -‘De la eternidad concéntrica’, de Israel L. Estelche- será la encargada de abrir el concierto, que se repetirá también en Avilés (13 de mayo) y Gijón (14 de mayo), acercando las celebraciones a los tres puntos emblemáticos de conciertos de la orquesta: el Auditorio Príncipe Felipe, la Casa de Cultura de Avilés y el Teatro Jovellanos. Todos los conciertos serán con entrada gratuita pudiendo retirar las entradas en las taquillas de las ciudades correspondientes.

La obra de Estelche es una composición con ecos minimalistas, muy en la línea de un autor -alumno de compositores como Luis de Pablo, Tomás Marco o David del Puerto- que ha enfocado su carrera a la búsqueda de la resonancia e incluso la música espectral, aunque cada vez más alejado de la radicalidad de sus inicios para buscar un acercamiento más tonal y más cercano al público.

Más tarde llegará el turno de dos clásicos de la formación: la música española estará representada por Manuel de Falla, de quien se interpretará la segunda suite extraída del ballet ‘El Sombrero de Tres Picos’. En ella el autor prescinde de las partes vocales y los elementos de transición de la obra original, una pieza basada en un cuento folclórico y que contó con el auspicio en su estreno en Londres (el 22 de julio de 1919) del director de los Ballets Rusos, Sergei Diaghilev.

Para cerrar el concierto, la segunda parte se dedica a Johannes Brahms y su primera Sinfonía, heredera directa de las nueve compuestas por Beethoven, hasta el punto de que muchas veces ha sido denominada como ‘La Décima Sinfonía’. La larga gestación de la obra –más de catorce años- debido a la inseguridad del autor hacia su propia producción brindó una pieza muy trabajada y madura, una inusual Primera Sinfonía a la altura de las tres restantes que completarían su catálogo en el género, una pieza que, plenamente asentada en el Romanticismo (se estrenó el 4 de noviembre de 1876), puede tildarse de clásica por su apego a la escolástica y la tradición.

FICHA

Concierto XX años OSPA

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

Max Valdés, director

I. LÓPEZ ESTELCHE: De la eternidad concéntrica

M. DE FALLA: El Sombrero de Tres Picos: Suite nº 2

J. BRAHMS: Sinfonía, nº 1

Jueves, 12 de mayo, 20 horas. Auditorio Príncipe Felipe (Oviedo)

Viernes, 13 de mayo, 20 horas. Casa de Cltura de Avilés

Sábado, 14 de mayo, 20 horas. Teatro Jovellanos (Gijón)

viernes, 8 de abril de 2011

Notas al programa, OSPA (Debussy: Tarantelle Styrienne - Sierra: Danzas concertantes - Stravinsky: El Pájaro de Fuego suite 1919)


Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias
Abono 10
08/04/2011

Claude Debussy: Danza- Tarantela de Estiria

Para comprender la verdadera naturaleza de esta Tarantela debemos remontarnos hasta las primeras composiciones para piano de Claude Debussy, escritas a partir de los años 80 del siglo XIX. Pese a que a menudo se tiende a menospreciar estos trabajos, su encantadora evanescencia los hace plenamente disfrutables, debido, sobre todo, a la multitud de influencias que en ellas operan, desde los arcaísmos melódico- rítmicos hasta un juguetón y precoz neo-clasicismo. Como las historias cortas, estas composiciones están normalmente construidas a partir de una única idea, a menudo muy sucinta, que es presentada, desarrollada y concluida de una manera satisfactoria, en un espacio relativamente corto de tiempo.

Estas juveniles composiciones para piano pueden dividirse en dos grupos claramente diferenciados: baladas con forma de canción (estrofa- estribillo) o puras formas de danza, y ambas revelan la extraordinaria comprensión por parte del autor del instrumento, tratado de la forma más ‘sinfónica’ posible, explorando sus diferentes colores tonales y buscando sensuales armonías. Es innegable la influencia ejercida por la Commedia dell’ arte con sus personajes arquetípicos (Arlequín, Pierrot, etc.) y por poetas como Verlaine y Mallarmé.

La Tarantelle Styrienne (Tarantela de Estiria) fue escrita en 1890 tras el retorno de Debussy de Villa Medici (Italia), donde había pasado dos años estudiando como parte de los requerimientos del Prix de Rome que había recibido en 1883. Fue a partir de las relaciones entabladas con Marie-Blanche Vasnier o Gabrielle Dupont cuando esta, junto con otras piezas para piano, fueron compuestas.

Considerada como la reina de estos tempranos trabajos, Danza (como fue rebautizada en 1903) es una robusta y colorida pieza, con una deslumbrante sección central que muestra ciertas influencias con Watteau, y se encuentra imbuida del espíritu de la Comedia dell’ arte. La importancia capital del ritmo se hace evidente en la juguetona alternancia de ritmos en 6/8 (como corresponde a una verdadera tarantela, no muy rápida) con el ritmo típico de vals en 3/4. Pese a su temprana creación, esta Danza contiene la semilla del último periodo compositivo de Debussy, especialmente en el translúcido y delicado tratamiento armónico de la parte principal.

La Tarantela de Estiria, como muchos de los trabajos para piano de Debussy, fue orquestada por Maurice Ravel como un acto de homenaje tras la muerte del compositor. Ravel, como uno de los máximos exponentes de la orquestación de la historia de la música, respeta el carácter juvenil de la pieza, escogiendo una paleta de colores tímbricos que pintan a la perfección las ideas banales, pero plenamente disfrutables, del original de Debussy.



Roberto Sierra: Danzas Concertantes para guitarra y orquesta

Roberto Sierra es uno de los máximos exponentes de la creación latinoamericana más pegada al público sin renunciar a una cierta intelectualidad. Nacido en Vega Baja, Puerto Rico, ha sabido aunar la formación más clásica -fruto de los estudios en instituciones como el Royal College of Music, la Universidad de Londres o el Instituto de Sonolgía de Utrecht- con los gustos de un público que ha elevado al éxito composiciones surgidas de su pluma como la Misa Latina, Tropicalia (un trío para piano, violín y violoncello que le convirtió en el primer puertorriqueño nominado a un Grammy en la categoría de clásica) o la Sinfonía 3 ‘La Salsa’.

Las Danzas Concertantes, obra compuesta como encargo de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León y estrenada por Manuel Barrueco (a quien está dedicada) en 2006, suponen la culminación de una escritura guitarrística que ha convertido a Sierra en un compositor de referencia para el instrumento, además de la confirmación del tándem Sierra- Barrueco, que ha dado grandes frutos en forma del Concierto Barroco o diferentes obras camerísticas que el solista ha estrenado a lo largo de su carrera.

Es Sierra un compositor muy rítmico, apegado a sus raíces, que no renuncia a las melodías y que plantea altísimas exigencias al solista, y en estas Danzas Concertantes hace gala de estas características (marca de la casa) junto a un lenguaje de contrastes texturales que remite directamente a sus clases con György Ligeti, el compositor más influyente en la obra de Sierra, conocido durante su estancia en el Instituto de Sonolgía de Utrecht.

I. Movido

El comienzo del concierto establece el tono general de la obra, los derroteros por los que van a transcurrir los cuatro movimientos que la forman. Partiendo de un compás irregular (2+3/8), la primera intervención del solista nos muestra unas progresiones melódicas donde la rítmica y los desplazamientos de acentos se erigen como máximos protagonistas. La orquestación es ligera: sobre un acompañamiento en pizzicato, rápidas intervenciones de cuerdas apostillan el discurso de la guitarra. El ambiente es festivo, exaltado, y todo remite a los orígenes del compositor, algo que refrenda la percusión, basada en bongos, congas y claves. El primer movimiento alcanzará pronto un primer clímax de los muchos que encontraremos a lo largo de la composición, ya que todas las Danzas Concertantes basan su avance en la continua tensión/ distensión y la transición de texturas complejas a otras más ligeras y viceversa. Esta primera cima se logra a través de la acumulación sonora, con la incorporación progresiva de instrumentos y una progresión hacia el agudo en un imparable crescendo.

La vuelta a la calma nos trae un segundo tema con el cambio a un compás binario, donde los saltos interválicos en las cuerdas los retomará la guitarra en una nueva intervención. Continúa la orquestación ligera, con el solista evolucionando en amplias melodías, y acompañamientos donde los continuos cambios de acento aumentan poco a poco el nivel de virtuosismo, para llegar a un segundo clímax que construye únicamente el solista, mediante la acumulación de voces y volumen hasta llegar al movimiento por acordes. Hacia el final del movimiento nos encontramos una corta cadenza donde se retoman temas ya oídos, para volver, con la entrada de la orquesta, al segundo tema. Una acumulación de sonido de la guitarra conduce al final del movimiento que, tras la explosión final, termina en una tensa calma, con una nota en armónico de la guitarra y los violines.

II. Expresivo e intenso

El movimiento lento del concierto no es tal si atendemos a las rápidas evoluciones en fusas que jalonan la parte solista y puntuales intervenciones de cuerdas o vientos. Sin embargo, el ambiente construido como colchón de cuerdas, mediante armónicos y trémolos que retoman la tensa calma del final anterior, así lo sugiere. La guitarra es la principal protagonista de la primera parte, compartiendo plano con eventuales melodías y fugaces destellos que desarrolla el viento madera. Esta calma se romperá con la aparición de los metales con sus rápidas figuraciones en grupos especiales de nueve fusas, que pronto serán contestadas por la cuerda grave en trémolos. Sobre ellos emergerán nuevos grupos especiales de fusas, de hasta diez notas, con carácter ascendente.

De nuevo funciona la acumulación de tensión por adición, que vuelve a llevar a un clímax tras el cual se retoma la quietud del comienzo, sobre la cual la guitarra vuelve retorna como protagonista absoluta. Tras la aparición por segunda vez de las rápidas figuraciones de fusas –en este caso en una textura más liviana, únicamente en las maderas-, llegamos al final del movimiento, donde una pequeña cadenza sirve como cierre del mismo.

III. Vals

El comienzo del movimiento parece querer sugerirnos que nos encontramos ante un típico vals: compás ternario, recurrente acompañamiento el pizzicato… Sin embargo las virtuosísticas evoluciones de la guitarra devuelven la confrontación a la composición, ya que el compositor las presenta enfrentadas a amplias líneas melódicas en las maderas, en un duelo al que incluso se añadirán los metales. Manejando de nuevo los conceptos de tensión/ distensión, el compositor imprime un carácter de perpetuum mobile a la voz solista, a la que no da un respiro hasta pocos compases antes de la cadenza, donde llega la tregua para la guitarra, que pasa al acompañamiento a través de acordes. Pero no es más que una toma de impulso, una preparación para una extensa cadenza y un final donde, pese a la entrada de las cuerdas, ésta no parece terminar. La música se despide en un diminuendo de dinámica, pero no de agógica, para la guitarra, cuya última evolución hacia el agudo se pierde en el pianissimo que cierra el movimiento.

IV. Rápido

El último movimiento retoma los ritmos irregulares y la exaltación del comienzo del concierto, para construir la primera parte de una estructura ternaria (A-B-A) que vertebra este movimiento. Los poderosos acordes de guitarra, casi violentos, se suceden mientras rápidas intervenciones de maderas o el ritmo constante de violas y violoncellos en semicorcheas continúan enfrentando densas texturas con intervenciones del solista casi desnudas. La llegada al grave del instrumento marca el final de esta primera parte.

La sección central contraste con lo anterior por su agógica (posee la indicación de “lento”), además de por volver al colchón de cuerdas sobre el que la guitarra solista comparte protagonismo con las maderas. La vuelta a la primera sección retoma el carácter rápido, llevando al instrumento hacia el final de la obra hasta sus límites de volumen, alcanzando en un final explosivo la indicación de ffff.



Igor Stravinsky: El pájaro de fuego: suite (versión 1919)

La reputación internacional de Stravinsky subió como la espuma cuando, el 25 de junio de 1910, los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev estrenaron El Pájaro de Fuego en la Ópera de Paris. El cuento ruso en el que está basada la historia ya había interesado al maestro de Igor, Rimsky-Korsakov, cuya influencia es diáfana si atendemos al acabado folklórico de las melodías y en la brillante orquestación que otorgaron al ballet su popularidad.

Stravinsky fue invitado a encargarse de la partitura en sustitución de Anatoly Lyadov, a quien sus sucesivos retrasos en la entrega le dejaron fuera del proyecto. Stravinsky ya había trabajado para Diaghilev componiendo dos movimientos para Les Sylphides en la temporada parisina de 1909, y el compositor comenzó su trabajo en noviembre de 1909, completando la orquestación en mayo del año siguiente, apenas un mes antes del estreno

Esta suite, la segunda de las tres extraídas de la partitura completa, fue realizada por el autor en 1919, y en ella reduce los efectivos instrumentales, algo que contrasta con la extravagancia orquestal del estreno. Sus números musicales hacen un repaso sonoro, más que por la historia completa, por situaciones clave y temas principales de la obra:

Introducción

Se trata de una siniestra pieza, pensada para crear una atmósfera de expectación que prepara al espectador para la historia fantástica y le conduce al número siguiente.

El Pájaro de Fuego y su Danza- Variación del Pájaro de Fuego

Sobre un colchón de cuerdas en divissi, y glissandi de piano y arpa, los vientos sugieren los movimientos de la mágica ave mediante aleteos, cambios de dirección, lanzamientos en picado o rápidos impulsos de elevación.

Ronda de las Princesas

Nos encontramos ante el tradicional khorovod ruso, una danza circular cuyo carácter, inocente y gentil, contrasta fuertemente con el del Pájaro. Éste aparece para rescatar a las princesas del mago que las mantiene prisioneras.

Danza infernal del Rey Kashchei.

Representación musical del malvado mago, carcelero de las princesas. Aquí, la tradicional música del viejo rey- demonio es presentada trascendiendo su naturaleza, mediante invenciones armónicas y –lo que es más importante- rítmicas. Estas ideas estilísticas germinales serán desarrolladas plenamente por el compositor en La Consagración de la Primavera (1913).

Canción de cuna

El fagot interpreta una melodía maravillosamente soporífera, toda una bella y agradable invitación al sueño, sobre un ritmo en ostinato. Todo se desarrolla en un ambiente de quietud y placidez que el autor enlaza con el número final.

Finale

El lento maestoso del que parte la música de este cierre, el que recoge de la canción de cuna anterior, no hace presagiar el clímax de exaltación y brillantez con el que se cierra la obra. Un colorido final al que se llega a través de la combinación instrumental y la gradual aceleración y acumulación de líneas instrumentales.


Alejandro G. Villalibre



N. del A.: De nuevo tuve la oportunidad de realizar la conferencia previa al concierto, sobre El Pájaro de Fuego. Ocho personas en la sala. Y, es que, como dice Pablo Álvarez Fernández, "entre el calor de fuera, y el 'fuego' del pájaro..."