Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de febrero de 2012

Valoración de la Temporada de Ópera de Oviedo



4/02/2012


El Ingenio


Más que nunca el ingenio ha sido el protagonista de la Temporada de Ópera de Oviedo que toca a su fin. El ingenio de hacer más con menos –parece que tienen que llegar las vacas flacas para que suba el nivel–, de vender una temporada sin grandes nombres y hacerla un éxito, el ingenio de adecuar los reducidos espacios del teatro Campoamor a producciones más pequeñas… Pero vayamos por partes.

Sondra Radvanovsky como Norma
©carlospictures- Ópera de Oviedo
Sin duda, la intención de mantener los cinco títulos de otros años a costa de sacrificar la escena de uno de ellos fue la decisión más polémica. Y la damnificada fue ‘Norma’, de Bellini. La cuarta ópera de la temporada se presentaba desangelada, semiescenificada, y con la sensación de ser un parche más que una solución. Y, una vez terminada la temporada, sólo se puede catalogar aquel espectáculo como uno de los hitos musicales de Oviedo en el último lustro. Las voces de Sondra Radvanovsky y Dolora Zajick, que elevaron sus papeles de Norma y Aldagisa a un nivel que no se recordaba, y la acertada propuesta escénica de Susana Gómez, reciclando materiales de otras producciones, demostró que el ingenio para reducir costes funciona.

El Murciélago ©carlospictures- Ópera de Oviedo
‘Norma’ fue el título que consiguió elevar el nivel de una temporada que hasta entonces se movía en lo simplemente correcto, con un inicio de temporada que por primera vez presentaba una opereta (es decir, una zarzuela en alemán) con ‘El Murciélago’ de Johann Strauss II. El ingenio de cambiar un Strauss por otro (¡qué diferente hubiese sido si las circunstancias hubiesen permitido hacer ‘El caballero de la rosa’ de Richard Strauss!) no consiguió hacer olvidar al público lo que pudo haber sido y no fue, y, pese a una calidad vocal muy notable, sobre todo en el caso de Mariola Cantarero, la producción dejó resquemor debido a sus continuas e innecesarias referencias localistas a Oviedo, y algunas soluciones de libreto bastante discutibles.

La Italiana en Argel ©carlospictures- Ópera de Oviedo
En muchos momentos fue una puesta en escena ingeniosa –como ocurrió con ‘La Italiana en Argel’ firmada por Emilio Sagi– la que elevó el nivel de la producción. En este caso, además, Oviedo se encontraba con una de las grandes estrellas del panorama operístico internacional: Vivica Genaux protagonizaba esta ‘Italiana’ y también el mayor chasco de la temporada por su limitado volumen –ya se sabe, cuanto más alto se apunta, más dura es la caída–, así como por el ‘partenaire’ de escena, el tenor Antonio Lozano, excesivamente nervioso debutando en repertorios todavía desconocidos. Fue en esta producción donde se demostró que las voces graves, un año más, volvían a ser las que tiraban del carro. En la ópera de Rossini fueron Pietro Spagnoli y David Menéndez, y en el título siguiente, ‘La flauta mágica’, sería Joan Martín-Royo.

La flauta mágica ©carlospictures- Ópera de Oviedo
Martín-Royo, habitual del Campoamor en estos años, ha sabido ganarse el cariño del público local, así como forjarse una carera con una voz muy sólida y una vis cómica que desarrolló en todo su esplendor con el rol del pajarero Papageno de  la ópera de Mozart, ingenioso en su desarrollo vocal y dramático, y de nuevo encargado de elevar el nivel del cast más flojo de toda la temporada.

Tras la recuperación del nivel exigible a una temporada de estas características con la ‘Norma’, el final de fiesta, que todavía es motivo de conversación en los círculos musicales asturianos, ha sido el estreno en Oviedo de ‘Peter Grimes’, ópera de Benjamin Britten. La conocida suspicacia del Campoamor ante títulos de este tipo hacía imprevisible el resultado de una apuesta arriesgada, también en lo económico: la taquilla no respondía con el entusiasmo de ‘La flauta mágica’, y eso era sintomático. Sin embargo, una vez que el público se sumergió (nunca mejor dicho) en el opresivo mundo de  la aldea marinera tan sospechosamente parecida al Aldeburgh natal del autor, los recelos se fueron perdiendo en favor de un espectáculo completo, liderado por el tenor Stuart Skelton y la soprano Judith Howarth. 

S. Skelton como Peter Grimes ©carlospictures- Ópera de Oviedo 
Cabe preguntarse si sigue siendo noticia que una ópera que data de 1945, plenamente aceptada en cualquier teatro sin ningún problema, siga provocando recelo en Oviedo; que haya que señalar que el público asturiano aplaudió la ópera ‘dura’. Quizá la tradición musical se impone a la educación musical. Quizá no interesa tanto avanzar. A lo mejor es buena idea que el año que viene cuatro de las cinco óperas sean ‘greatest hists’ –‘Werther’, ‘Lucia di Lamermoor’, ‘Don Carlo’ y ‘Turandot’– y que la quinta, ‘Agrippina’ de Haendel, sea una ópera menos conocida pero de un autor que gusta. Al menos las funciones estarán llenas y la ópera de Oviedo recaudará más dinero. Pero la seguridad mata al ingenio.

sábado, 22 de octubre de 2011

El compromiso del músico


Riccardo Muti, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2011






22/10/2011

Riccardo Muti es una persona comprometida con el arte y con la sociedad que le rodea. Su ya famoso vídeo en la Ópera de Roma hace unos meses realizando un discurso tras la interpretación del ‘Va Pensiero’ cuenta sus visitas por millones en internet. Hay en el ‘Va Pensiero’, coro de esclavos compuesto por Verdi para la ópera ‘Nabucco’, un significado patriótico relacionado con la figura del compositor, y de un pueblo que a mediados del siglo XIX, antes de la reunificación, tomó la figura de Verdi y la historia hebrea en Egipto como paradigma de su situación como pueblo oprimido, en este caso por los Habsburgo. Era la gente llana la que proclamaba el “Viva Verdi” por las calles, con la intención del que burla a la justicia, con la habilidad y picaresca que sólo surge en los momentos más difíciles, buscando, a través de la música, gritar un ansia de libertad recogida en el apellido del autor, oportuno acrónimo de “Vittorio Emanuele Re D’Italia”. Gritar “Viva V.E.R.D.I.” era gritar por una Italia libre. Adorar a Verdi era esperar a que la idea de un pueblo unido germinase. Y cantar el coro de esclavos de ‘Nabucco’, símbolo máximo de esta idea,  siempre ha sido especial.

La larguísima ovación que siguió a su interpretación este 2011, dirigida por Muti en Roma, llevó al maestro a interrumpir la representación, tomar la palabra, y a volver a reivindicar que Italia debía levantarse de nuevo contra la opresión de unos pocos, esa que está dejando a un país al borde del abismo y con una cultura en una situación más que precaria. Ni más ni menos que la cuna de la ópera, el país de la música, se desmorona. Muti se erigió portavoz de la cultura italiana, del pueblo italiano, animando a ‘bisar’ (repetir) la pieza recuperando su sentido original, uniendo el canto del coro en escena con el del público, en un conmovedor momento de comunión, afortunadamente registrado por las cámaras de televisión para la historia.

Ese poder que tiene la música como elemento unificador de pueblos, movilizador de masas, es el que explota el maestro para denunciar una situación límite a la que, desgraciadamente, tampoco la sociedad española –ni por supuesto la asturiana– escapa. Sociedades que siguen premiando las malas gestiones con jubilaciones millonarias, castigando a los que menos lo merecen por los estragos de una situación que no han provocado, y que se alimenta de recortar en los pilares fundamentales para el desarrollo: educación, sanidad, investigación, cultura.


Es este compromiso –ya no sólo con la música, sino con la cultura en general– el que también ha hecho merecedor a Muti del prestigioso premio Birgit Nilsson, recogido la semana pasada de manos del rey de Suecia, y donde el director aprovechó el altavoz mundial que la ocasión le brindaba para dejar frases como “hay que educar a los políticos” o "enseñar música no es poner la flauta en la boca de un niño, sino enseñarle a moverse dentro de esa maravillosa foresta que son los sonidos, adentrarse en las composiciones de Bach, Bellini o Beethoven".

La música es más que un mero entretenimiento, la música es esencial para el desarrollo completo del ser humano, algo que se sabía desde la Edad Media (era una de las siete artes liberales, parte del denominado Quadrivium Matemático) y que poco a poco hemos ido perdiendo, sobre todo en España. Esa ausencia de cultura en un curriculum de enseñanza se refleja en una clase política fruto de despropósitos que nunca ha sido educada para respetar el arte.

Es ese reto de formar Músicos con mayúsculas, y no meros 'reproductores' de partituras el que llevó a Riccardo Muti a fundar la joven orquesta 'Luigi Cherubini' que el pasado jueves actuó en el Auditorio Príncipe Felipe junto al Coro de la Fundación. La formación pretende difundir los valores de trabajo duro, estudio y colaboración en equipo, esenciales en el terreno musical, y que jan jalonado la carrera de su fundador y director musical. Porque Muti es el hombre de los desafíos, el que no rehúsa a enfrentarse a nuevas partituras con la misma pasión con la que se enfrenta a su repertorio de cabecera. Sus ‘Flautas Mágicas’, sus ‘Aídas’, sus ‘Traviatas’ (inolvidable su grabación con Kraus y Scotto), sus ‘Requiem’ (tanto de Mozart como de Verdi)… son pilares de la historia de la interpretación, e hitos en la industria fonográfica.

Es la búsqueda de la excelencia en su trabajo, unido irremediablemente a un don natural que sólo poseen unos pocos elegidos, lo que ha hecho de Muti la figura que este año se premia en Oviedo, galardón que suma a una larga lista en la que destacan sus doctorados Honoris Causa por once universidades o sus nombramientos como Caballero de la Gran Cruz de Italia y del Imperio Británico, Comendador de la Orden de Malta y sus condecoraciones con la Legión de Honor de Francia y la Orden de la Amistad de Rusia.

Su Magisterio incuestionable en el terreno musical le lleva a ser miembro de las Academias de Santa Cecilia (Roma), Luigi Cherubini (Florencia) y Filarmónica de Bolonia. Su talento le ha situado en los mejores teatros del mundo, frente a las mejores orquestas del mundo. Sus discos se venden por millones. Su nombre en un cartel asegura un éxito como pocos pueden hacerlo. El heredero de Toscanini. El Karajan amable. Y, pese a toda esta abrumadora marabunta de reconocimientos, Muti sigue abogando por el oprimido, Muti sigue comprometiéndose. Son las cosas que hacen a alguien merecedor de un Premio Príncipe de Asturias.



jueves, 7 de julio de 2011

Los mejores momentos de la Temporada según... Alejandro G. Villalibre


VARIEDAD.

Variedad en las batutas, que han hecho que los aficionados disfrutemos con tantos puntos de vista, y que han mantenido a la orquesta en un nivel altísimo de concentración y calidad. Y, sobre todo, variedad en el repertorio. Han sido muy de agradecer todas aquellas obras ofrecidas que se alejaban de lo conocido, presentando nuevos autores, y nuevas corrientes que hoy en día son muy necesarias para revitalizar grandes ciclos como una temporada de este tipo.

Por supuesto, el estreno de De la eternidad concéntrica de Estelche, o la Musique des tables de Mei han sido los más sonados. Pero hemos escuchado una maravillosa Cuarta Sinfonía de Pärt, la interesante De la belleza inhabitada de Santacreu, los dificilísmos Conciertos para violín de Szymanowski a cargo del gran Zimmermann o las divertidas Danzas concertantes para guitarra y orquesta de Sierra. Sin olvidar obras de Grondahl, Schnittke, Cruixent, Rousell, Britten, Revueltas... que han puesto el listón altísimo para la temporada que viene.

Lo mejor de esta variedad es que los 'clásicos' no han quedado relegados al olvido. Haydn, Mozart, Brahms, Tchaikovsky, Mahler o Falla han sonado en el Auditorio este año, demostrando que un largo año se puede hacer muy corto si el público se sorprende semana a semana.

sábado, 5 de febrero de 2011

Patatas a lo pobre




05/02/2010

En septiembre de 2010 arrancaba la LXIII Temporada de Ópera entre reservas, debido a que la crisis amenazaba con echar por tierra los logros conseguidos en periodos de bonanza (quintos títulos, segundos repartos…) y con los reparos lógicos de sólo poseer cuatro óperas ‘nuevas’ -debido a que se recuperaba un Wagner de tres temporadas atrás- y con dos títulos ‘desconocidos’ de Monteverdi y Jánacek -un ‘antiguo’ y un ‘moderno’ para el público medio- que se compensaban con ‘greatest hits’ de Verdi y Donizetti para contentar a todos.

Ha sido una temporada difícil. Difícil para la institución por los apuros económicos, pero, no lo olvidemos, también difícil para un público –al fin y al cabo lo importante- a ratos descolocado, sobre todo por los montajes o el desconocimiento de los cantantes que llegaban, pero que en ocasiones ha podido disfrutar ampliamente.

Pero vayamos por partes. El foso ha albergado hasta tres formaciones diferentes, de las cuales ‘Forma Antiqva’ fue la más aplaudida (no sin razón, aunque también es cierto que los Zapico ‘jugaban en casa’). Su interpretación en ‘L’incoronazione di Poppea’ fue exacta y ayudó al espectáculo más redondo de los cinco que vimos este año. La Oviedo Filarmonía, por si quedaba alguna duda, ha demostrado que es la Orquesta –con mayúsculas- del Campoamor. Su solvencia y adaptabilidad a las necesidades de cada momento dejan claro que los dos títulos por temporada se le quedan cortos. La OSPA, por su parte, ha ofrecido una de cal y otra de arena. Comenzó dubitativa, en una ‘Kat’a Kabanová’ para la que claramente llegó falta de ensayos, y terminó cosechando aplausos en un ‘Tristan und Isolde’ que ya conocía y que volvió a defender a un muy digno nivel.

No ha habido ‘sopradivas’. No ha habido ‘tenorísimos’. No hemos visto grandes nombres que llenan teatros con sólo escribirse en los carteles. No han hecho falta. Si se le puede adjudicar un gran acierto a la dirección artística ha sido una selección de voces estupenda, ajustada a las necesidades de cada obra. Y que ha dado grandes sorpresas. Comenzamos el año con la tafallesa Sabina Puértolas afrontando la Poppea y haciéndola suya, y, más recientemente, Elisabete Matos, la ‘novata’ en el papel de Isolda, se igualaba e incluso sobrepasaba a toda una estrella del Festival de Bayreuth como Robert Dean-Smith. Por el medio, el ‘cast’ de la ‘Kat’a’ –que en su mayoría llegaba de representarla en la Scala de Milán- estuvo al nivel esperado y exigible para su prestigio. También causaron una gran impresión la soprano Hui He (Leonora en ‘Il Trovatore’) –que llegó sustituyendo la baja de Tatiana Serjan- o, en su versión más actoral, el tenor Ismael Jordi, que demostró una vis cómica muy apropiada para su Nemorino en el ‘Elisir’, nunca perjudicando al canto.

Y llegamos a la parte que siempre causa controversia: los montajes. Austeros. Muy austeros. No hay dinero para grandes espectáculos, y los directores de escena deben ingeniárselas para construir fantasías con menos presupuestos. Comenzó el año con una propuesta desconcertante: la nueva ‘Poppea’ de Emilio Sagi -cuya escenografía firmaba la asturiana Patricia Urquiola- aunaba cuadros espectaculares e iluminación absorbente con momentos propios de un show de Lady Gaga. Una mezcla que no acabó de calar entre el público, y que por momentos distrajo y alejó la atención de lo importante –la música-, algo que jamás debería pasar.

La austeridad de ‘Il Trovatore’ y ‘Kat’a Kabanová’ tuvo efectos diferentes en cada título. Mientras que los telones pintados propuestos por Deflo para la obra verdiana –junto con la identificación cromática de los bandos del confuso libreto- ayudaban al espectador a no perderse en la trama (además de apelar al espíritu ‘concertístico’ con el que nació esta ópera), la frialdad que desprendía la idea de Tim Albery para la ópera de Jánacek hacía más árido y difícil un título de por sí duro (cuya programación y riesgo por la novedad es loable, pero que pinchó en hueso).

Un caso muy diferente es ‘L’elisir d’amore’. Que la ópera se desarrolle en su concepción en una plaza de un pueblo ayuda a la economía de medios. En las óperas bufas lo importante es la simpatía de los personajes, y los ‘gags’, siempre y cuando contribuyan a la trama, respeten la música y eleven el espíritu festivo de la ópera. Todo eso lo consiguió la versión de Daniel Slater, que incluso establecía juegos metalingüísticos con citas en el continuo del ‘Tristan e Isolda’ de Wagner –que se representaría inmediatamente después- y cuya leyenda medieval sobre el filtro de amor es el germen de la ópera de Donizetti. Siempre se agradece el esfuerzo de abarcar varios niveles: el espectador medio disfruta con las desventuras de Nemorino, sus torpezas y los ‘sketches’ que se suceden; pero la versión trata de ir más allá, apelando al intelecto con este tipo de citas, y buscando un ‘humor inteligente’ (peligrosísima expresión) que conecte más allá y, por qué no, haga sentirse culto y orgullo de sí mismo al público.

Por último, el ‘Tristan’ de Kirchner, jugaba sobre seguro. El éxito cosechado en septiembre de 2007 aseguraba que los que lo vieron quisiesen repetir y, los que no pudieron, se apresurasen a no desaprovechar la nueva oportunidad. Es cierto que era ‘buscar en el baúl’ para completar la temporada y no perder el quinto título con los recortes presupuestarios. Pero también es cierto que lo que podía haber sido un problema, inteligentemente se convirtió en un aliciente apelando a la gloria pasada, a la ‘bola extra’ para ‘permitir’ a la gente no perderse una ópera de Wagner que, pese a su duración, no se hacía larga.

Claroscuros en una temporada imperfecta. La próxima se presenta con más problemas económicos y con amenazas de eliminar funciones y escenografías a favor de versiones de concierto o ‘semiescenificadas’. Algo inadmisible mientras los abonos sigan subiendo. Decía Elisabete Matos en una entrevista en Oviedo Diario hace dos semanas que si la cocinera no tiene dinero, “debe cocinar con menos ingredientes”. Tocan ‘patatas a lo pobre’ en la Ópera de Oviedo. Pero, bien hechas, pueden ser un manjar. Ahí está el reto.


(Fotos: Fundación Ópera de Oviedo)


sábado, 31 de julio de 2010

Opinión: '¡Viva la Zarzuela!'




31/07/2010

De Soles que no brillan y funciones de colegio


Canta la Capilla Polifónica en la celebérrima ‘Mazurca de las Sombrillas’ perteneciente a la ‘Luisa Fernanda’ de Torroba “abra usted el quitasol, para que no se muera de celos el sol”. E, ironías de la vida, los hombres mueven su brazo hacia arriba en una coreografía que señala directamente hacia el palco donde se sitúa Gabino de Lorenzo. Este moderno Rey Sol, omnipotente en su facultad de ‘experto’ en zarzuela, al que sólo cabe preguntarle ¿realmente le gusta esto?

Porque la antología lírica presentada el pasado fin de semana y que se prolongará hasta mediados de agosto durante diez funciones es un ejemplo de cómo recuperar toda la ‘caspa’ de la lírica española contra la que tanto se ha luchado. No hace falta más que repasar la temporada 2010 para darse cuenta que Oviedo estaba a la cabeza de la revitalización de un género en otro tiempo prostituido hasta la saciedad y tomado como referente de la ‘España Cañí’: el alarde de imaginación y humor propuesto por Paco Mir (miembro de Tricicle) en ‘Los Sobrinos del Capitán Grant’, la espectacularidad de ‘La Viejecita’ y Chateau Margaux firmados por Lluís Pasqual (ganador del Premio Lírico a la mejor producción), o el preciosismo y colorido en la escena de Luis Olmos para ‘Doña Francisquita’ dejaron un nivel altísimo, que colocaba a Oviedo como segundo festival lírico más importante de España, sólo por detrás del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Pero aquí comenzaron los problemas. La temporada sufrió un duro revés con la recuperación del montaje de ‘Los Gavilanes’ pixuetos de Arturo Castro -por otra parte, una de las zarzuelas favoritas de Gabino de Lorenzo, repuesta hasta la saciedad en múltiples versiones- y esta ¡’Viva la Zarzuela!’ no hace sino refrendar la poca capacidad para el teatro musical de Castro.

Porque Arturo Castro –director de Teatro Margen- ha mostrado su gran valía para el teatro puro, desnudo, pero su nulo conocimiento musical por no tener en cuenta las necesidades de los cantantes, por falta de imaginación y desaprovechamiento de recursos. Por recurrir a manidos clichés, trillados hasta la saciedad, que recuerdan a las producciones ambulantes que José Luis Moreno todavía perpetra por toda España. Por redundar en las mismas ideas de luces y sombras, de pantomimas en contraluz, y el abuso de las proyecciones para llenar -ineficazmente- una escena.

Por supuesto que hay cosas buenas, buenísimas. El elenco vocal es espectacular, y la dirección musical de Ramón Tebar, precisa e imaginativa. Todos ellos, junto con el coro y las formaciones de baile demuestran su total profesionalidad en situaciones que rayan el ridículo. No hay más que recordar a miembros la Capilla Polifónica cantar el divertido Pasacalle de ‘El año pasado por agua’ de Chueca moviéndose adelante y atrás con monumentos de cartón en su cabeza que representan emblemas de Madrid: el Oso y el Madroño, Cervantes y Velázquez, o los leones del Congreso de los Diputados se pasean junto a bailarines haciendo de farolas y grupos de chulapos. E irremediablemente remiten a las funciones de navidad en los colegios de primaria, donde los niños hacen de árbol, de oveja o de estrella.

Chistes propios de películas de Paco Martínez Soria se suceden (“Arturo, ¿alguna vez te tira… la sisa?”), y ese es el mayor problema de la propuesta, que el público no sabe si reír o llorar. Se queda a medio camino entre la parodia y la seriedad, ¿busca ese efecto conscientemente o es una mala producción?

El fin de fiesta es apoteósico, recuperando el ‘Canto a la sidra’ o el Pasodoble de Asturias. Lástima que sea copiado de la Antología Asturiana presentada hace cuatro años e ideada por dos catedráticos de musicología -Emilio Casares (Universidad Complutense de Madrid) y Ramón Sobrino (Universidad de Oviedo)- y por Emilio Sagi, antiguo director artístico del Teatro Real de Madrid y actual del Arriaga de Bilbao.

La zarzuela, como máximo exponente de la lírica española, ha sido politizada hasta el extremo, amada por unos y denostada por muchos. Con una calidad artística equiparable a la ‘opera comique’ francesa, al ‘singspiel’ alemán o a la opereta en lo que se refiere al género chico, y una capacidad para emocionar en la zarzuela grande equiparable a las grandes óperas, necesita de una recuperación que lleva más de veinte años produciéndose, pero que todavía se encuentra con reveses como éstos.

Mientras grandes ‘expertos’ como De Lorenzo lo sigan considerando coto privado, habrá más. Señores, dejen a los que saben. Disfrutarán ustedes y disfrutaremos todos.


sábado, 20 de diciembre de 2008

Ramón Barce, compositor y maestro, in memoriam




20/12/2008

Sólo valoramos lo que tenemos cuando lo hemos perdido. En un país que no reconoce a sus genios, en una sociedad que desprecia la cultura día tras día con una rotundidad pasmosa, se han hecho tristemente habituales las despedidas de los grandes creadores por la puerta de atrás en los medios de comunicación. El pasado domingo fallecía el compositor Ramón Barce a los 80 años de edad, icono musical de la Generación del 51, y la historia se repite: la figura de Barce y su labor por la vida musical España nunca ha sido lo suficientemente reconocida y valorada. Muestra del aprecio que el mundo musical sentía por Barce es la colocación de su capilla ardiente en la sede de la SGAE, por la que desfilaron los grandes nombre de la cultura y personas anónimas, admiradores todos de la obra de un músico, pero además de un humanista completo.

Barce en La Granda (Foto: Elena Martín)

En Asturias, las visitas del Maestro a los cursos de verano de La Granda eran imperdonables, pese a los achaques propios de la edad. Aquí, junto a su mujer Elena, disfrutaba de una tierra a la que quería y en la que se sentía a gusto, e impartía sus conferencias emanando sabiduría en cada frase, siempre con su particular sentido del humor, que jamás perdió.

En su haber como compositor pueden citarse más de 200 obras entre las que sobresalen once Cuartetos de cuerda, seis Sinfonías, un Concierto para Piano y Orquesta, 'Música fúnebre', 'Canadá Trío', 'Parábola', 'Cuarteto Gauss' o 'Residencias'. Barce fue, además, el creador del denominado Sistema de Niveles, con el que cohesionó su catálogo de obras.

La influencia del Maestro Barce en la música española de los últimos 50 años es incuestionable. De su iniciativa surgieron ‘Nueva Música’ (grupo que contribuyó decisivamente en la estética de los compositores españoles) o el ‘Aula de Música del Ateneo’. Su incansable capacidad de trabajo y orden le llevaron a presidir la Asociación de compositores Españoles durante los primeros años de funcionamiento. Y, sobre todo, junto con Walter Marchetti y Juan Hidalgo, se le debe la creación de ZAJ.

ZAJ fue un grupo musical de vanguardia español, creado en el año 1964., cuyo nombre surge de la combinación de tres fonemas característicos del castellano. El grupo se dedicó sobre todo al desarrollo de las músicas de acción. Su gestación tiene una importante influencia del neodadaísmo y del zen, así como del pensamiento del compositor americano John Cage. También se ha vinculado la actividad de ZAJ a la del grupo internacional ‘Fluxus’, y, aunque existen evidentes paralelismos y similitudes, no se puede negar la originalidad de las propuestas ZAJ.

Además de compositor, Ramón Barce era doctor en Filosofía, y autor de diversos textos en los que expuso su concepción sobre sociología o la musicología. Publicó también los libros 'Fronteras de la música' (1985) y 'Tiempo de tinieblas y algunas sonrisas' (1992). Asimismo, tradujo al castellano tratados musicales de Schoenberg, Schenker o Piston, entre otros. Era miembro numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando -con la Medalla número 27- desde su ingreso en 2001, tras pronunciar un discurso titulado 'Naturaleza, Símbolo y Sonido'.

El pasado 16 de marzo Ramón Barce cumplió 80 años. Para celebrarlo, la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) presentó una biografía del compositor además del estreno absoluto de su obra 'Vaso romano'. El maestro madrileño aseguró entonces que si volviera a ser joven, no sabía si sería capaz "de repetir todo" lo que había hecho. El país sufrió "el aislamiento y un retraso enorme". "Queríamos salvar ese bache, además de rechazar la influencia francesa. Éramos seguidores de la Escuela de Viena", recordó Barce.

Este grupo de artistas, además rechazaba el empleo del folclore, que sustituyó por "música seria". "Salir de la influencia del folclore fue difícil. El público era duro de pelar y hasta llegaron a decir que no éramos españoles. Hoy el público ya se ha acostumbrado a que el folclore no hay que maltratarlo, está mejor al natural", precisaba entonces. Barce se decantó por la música al considerar que era "el arte que más expresa abstractamente".

La muerte de Ramón Barce es una pérdida irreparable para la música. Se va un grande. Descanse en paz.